Lunes, 03 de julio de 2006
Yo no se que garantías tiene la banda terrorista ETA de que se va a cobrar los pagarés firmadas por Rodríguez Zapatero a cuenta del ‘alto el fuego permanente’ y de cualesquiera otros gestos de aproximación al fin de la violencia que puedan hacer la pandilla de canallas para que Rodríguez gane las siguientes elecciones. No lo se, ni ustedes tampoco, porque no hemos estado en la trastienda de la negociación, en el burladero de este esperpento que nos ha llevado a la rendición del Estado ante la mafia asesina. Pero de los silencios de Rodríguez, de las ambigüedades de Rodríguez, y de las satisfacciones de ETA-Batasuna podemos tener una aproximación bastante certera sobre algo de vital importancia para entender lo que se nos vienes encima: Rodríguez ha aceoptado que existe un conflicto en el País Vasco; un conflicto político, por una parte, y militar por otra; un conflicto que requiere que ambas partes del mismo negocien al mismo nivel; un conflicto, en definitiva, que requiere una solución adecuada a la intensidad del mismo, y que no puede ser otra que el derecho de los vascos a decidir. Es decir, Rodriguez ha asimilado el lenguaje nacionalista, lo ha hecho suyo, lo ha convertido en la guía de sus pasos. Pero cuando se gobierna sobre la base de una falsedad, se cometen errores graves y de consecuencias imprevisibles.
El jueves, mientras esperábamos a Mariano Rajoy que tenía prevista una rueda de prensa en la sede de su partido, nos pusimos a charlar uno de Bilbao, otro de Algorta y otro de Las Arenas –este que suscribe-, como en los chistes. No hablamos de política. Los tres llevamos tiempo, mucho tiempo, fuera de aquella tierra, como otros muchos que conozco, compañeros del colegio, viejos camaradas de correrías infantiles en las playas de Plencia y Sopelana, en los barrios viejos de Bilbao donde los potes y los txiquitos corrían de un lado a otro de las barras de las tabernas mientras empinabas, nunca mejor dicho, el codo para alejar de la boca el tubo estrecho del porrón de cerveza y Casera. Hablamos de lo mucho que ha cambiado el Paseo de Zugazarte, donde aquellas casonas de las que salían viejas añas con los niños cogidos de la mano para llevarlos al colegio se han reconvertido en suntuosas oficinas, en lujosos despachos de ilustres abogados asesores de la gran banca vasca ahora en manos de los maketos españoles. Hablamos de viejas carreteras que conducían de Lejona a Getxo y que en estos días son irreconocibles autovías donde si hace mucho que no viajas a Neguri te pierdes irremediablemente para acabar en algún atasco insufrible. Hasta Romo, el viejo Romo, está tan cambiado que te pierdes en sus calles como si se tratara de una ciudad nueva para los que siempre vivimos, corrimos, jugamos y lloramos allí.
Son –somos- muchos los que vivimos la diáspora, los que sufrimos el dolor de la exclusión, los que tuvimos que abandonar una tierra para la que entregamos buena parte de nuestra existencia porque los que allí se quedaban no nos querían. Nos fuimos porque no creíamos en un conflicto inexistente, solo producto de la mente acalorada y neurótica de Sabino Arana, porque nunca hubo conflicto vasco, ni siquiera las Guerras Carlistas son producto de una diferencia excluyente entre vascos y españoles, en la medida que aquellas sucesivas guerras civiles tenían como telón de fondo la sucesión al Trono de España. A lo largo de la Historia, el pueblo vasco ha unido irremediablemente su destino al de la Corona española, ha formado parte de un todo común, al igual que lo formó Cataluña. Sin embargo, durante estos últimos años, en las escuelas vascas y catalanas a los niños se les ha enseñado una historia tergiversada y, lo que es peor, una historia visceralmente amañada e intensamente sumida en el rencor, el resentimiento y el odio hacia el pueblo español. Así las cosas, ¿cómo no iba a tener ETA caldo de cultivo para poder sumar a su proyecto de sangre y muerte, generación tras generación, a centenares de fanáticos idiotizados por una educación fascista y excluyente?
Rodríguez ha aceptado, sin rechistar, como cierta una de las mentiras más mortíferas de nuestra historia reciente, no solo de la historia de España, sino de la historia de Europa, con unas consecuencias en términos de muerte y destrucción que todos conocemos, porque hemos vivido muy de cerca lo que ha ocurrido –y sigue ocurriendo- en la Europa de los Balcanes, en la antigua Yugoslavia, en la frontera de Albania, en la tierra serbo-bosnia, en Kosovo. De ahí el término balcanización, no aceptado por la Real Academia, pero si por el lenguaje político contemporáneo. Un riesgo presente, un riesgo que cuando se menciona aquí a uno le tachan de loco peligroso, pero que se repite en los editoriales y los reportajes que en los medios de comunicación de toda Europa se publican sobre España, sobre lo que está pasando en España, la nación más antigua de este continente al que puso nombre la bella hija del fenicio Agenor. El nacionalismo, justo al fascismo, el comunismo y el nazismo, es una ideología destructora del individuo, es una ideología que predica la superioridad de unos frente a otros, es una ideología que combate la libertad, porque la libertad es incompatible con la supremacía de la raza. Sabino Arana fue un precursor de Hitler, y ahora vamos a sentarnos a negociar con sus herederos.
De aquellos años en Las Arenas recuerdo que en el piso de abajo vivía un médico prestigioso, al que teníamos por galeno de cabecera de la familia. La suya, la del doctor –cuyo nombre callo por razones de intimidad suya y mía-, era toda del PNV, lo cual no resultaba inconveniente para que hubiera una buena relación abajo-arriba y arriba-abajo. Hasta que llegó la Transición y ETA comenzó su espiral de sangre y muerte. No eran abertzales porque no eran comunistas, y sin embargo cada víctima del odio y la sinrazón terrorista era celebrada con espumosos y exclamaciones de satisfacción y de apoyo a los gudaris vascos que en un alarde de valentía habrían descerrajado unos cuantos tiros por la espalda a vaya usted a saber que pobre guardia civil cuyo sueldo no llegaba ni para alimentar a una familia de cuatro hijos y que, sin embargo, vivía sometido a una presión brutal y a un permanente riesgo de su propia vida, la de su mujer y la de sus hijos. Y donde digo guardia civil, digo polícía nacional o miembros del Ejército, ya que en aquella época lo de matar políticos todavía no se había puesto muy de moda, porque ETA identificaba a las Fuerzas de Seguridad como los enemigios represores.
Por eso aquí no hay tregua que valga, ni alto el fuego permanente ni madre que lo parió. Mientras para ellos haya conflicto, mientras en sus mentes calenturientas y hervidas de fascismo excluyente, siga existiendo el pueblo español como un enemigo a batir, habrá muerte y destrucción. En la confluencia de nacionalismo y delincuencia ETA ha encontrado un motivo de existencia perdurable. El nacionalismo es victimista por naturaleza, y nunca obtiene todo lo que desea porque si lo consiguiera ya no tendría razón de ser ni de existir. Y el delincuente, el asesino mercenario como Txapote, no sabe vivir sin una pistola bajo la almohada, sin un motivo para matar, sin una razón para despreciar la vida de otros y la suya propia. Por eso ETA tiene la sartén por el mango, porque sabe que nunca dejará las armas, porque quizás durante un tiempo pueda invertir sus esfuerzos criminales en otras acciones no directamente relacionadas con la lucha armada, o sí, pero en otro lugar. Porque sabe que la ideología nacionalista se seguirá alimentando en las ikastolas donde continuará creciendo la simiente del odio y la sinrazón, y que eso le permitirá engrosar de nuevo sus filas de lunáticos asesinos de fría y calculada mirada. Porque sabe, en definitiva, que mientras mate siempre habrá algún cobarde que se pliegue a sus exigencias. ETA volverá a matar, no lo duden, y más pronto que tarde.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | TERRORISMO | Comentarios (0) | Referencias (0)
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