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Lunes, 19 de junio de 2006

El Estatuto y una izquierda que ha secuestrado la libertad en nombre de la ‘santa República’

Cuando el pasado martes por la tarde en la localidad catalana de Mataró los dirigentes del PP, con Ángel Acebes y Josep Piqué a la cabeza, fueron increpados, insultados, zarandeados y escupidos por cerca de un centenar de maulets violentos y radicales, los militantes y simpatizantes que acudieron al acto democrático que este partido había celebrado en aquella localidad respondieron a los ataques con un único grito: “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”. Un día antes, en Granollers, las agresiones de los radicales, como contó este periódico, incluyeron el tiro al blanco de Piqué, Rajoy y Moragas con huevos y monedas, además de los consabidos pollos y gargajos salidos de las bocas de estos fanáticos nacionalistas y radicales de izquierdas cuyo concepto de la libertad se reduce, únicamente, a la suya propia y la exclusión de quienes discrepan. He aquí el fondo del asunto y permítanme, por tanto, que compare estas agresiones con otras anteriores sufridas por políticos de distinta procedencia.

Si a cualquier dirigente del PP se le hubiese ocurrido aparecer, aunque fuera por mera coincidencia, en alguna de las manifestaciones contra la guerra, los manifestantes le habrían puesto a caldo, lo cual es rechazable, pero cabría comprenderlo en su contexto y como una expresión de repulsa a una determinada política del Gobierno. En lugar de eso, la izquierda respondió con agresiones violentas a los dirigentes del PP y a sus sedes, como bien recordarán. Fíjemonos, sin embargo, en el llamado ‘caso Bono’: que al ex ministro de Defensa le pusieran de vuelta y media en una manifestación de la AVT era igualmente rechazable, solo que, en esta ocasión, la izquierda demostró hasta que punto llega su sectarismo y su desprecio por la libertad deteniendo ilegalmente a dos militantes del PP e inventándose unas agresiones físicas que nunca hubo. González sufrió en sus propias carnes el rechazo en aquella famosa visita a la Universidad Autónoma de Madrid en la que fue abucheado por una juventud hastiada de corruptelas y crímenes de Estado, pero no hubo violencia alguna.

Verán ustedes, la izquierda radical y el nacionalismo fundamentalista siempre han descargado sobre la derecha liberal y democrática una violencia exagerada, porque en el ánimo de ambas ideologías totalitarias ha estado siempre la exclusión de los demócratas de sus proyectos absolutistas. Ningún demócrata discutiría, jamás, la libertad de José Bono para expresar sus ideas, aunque llevados por el apasionamiento del momento que supone una manifestación –le ocurrió a Gallardón el pasado sábado en Madrid- haya quienes le increpen o manifiesten su rechazo con gritos e insultos. Pero en los ataques al PP en Cataluña existe una cuestión de fondo, que no es otra que el intento de aniquilamiento de la discrepancia. El simple hecho de enfrentar una determinada manera de pensar con la totalidad de una población y un territorio supone el mayor de los fascismos excluyentes, y no digamos cuando desde determinadas posiciones ideológicas se justifica la violencia precisamente por la actitud discrepante del contrario. En la España de Rodríguez, opinar de manera distinta a como opinan el y sus ‘amigos’, equivale a detenciones, ataques y agresiones que actúan de manera efectiva en contra de la libertad de opinión.

Este es el gran drama de lo que se ha dilucidado el pasado domingo. Por desgracia, la gran mayoría de los catalanes no tienen ni la más remota idea sobre qué es lo que han votado, y es especialmente sangrante este desconocimiento entre quienes afirmaban que votarían ‘si’ y añadían que no sabían porqué, como he escuchado de boca de algunos militantes del PSC encuestados por las cámaras de la televisión a la salida de algún acto electoral. Pues bien, sepan ustedes, señores míos, que lo que han votado favorablemente es un proyecto político de futuro para Cataluña que se fundamenta en la exclusión y el intervencionismo, es decir, en la ausencia de libertad y en el sometimiento de la voluntad individual a la razón colectiva de sus impulsores. El Estatuto es el primer paso para el estrangulamiento definitivo de la libertad individual y la democracia en Cataluña, y también en España, porque en definitiva el proyecto político excluyente e intervencionista que supone el Estatuto es el que Rodríguez quiere extender al resto de España de la mano de sus socios nacionalistas radicales, se llamen estos Batasuna, ERC o CiU, que a estas alturas ha demostrado que antes son nacionalistas que demócratas.

Ese proyecto político de la izquierda radical y el nacionalismo fundamentalista es, exactamente, el mismo proyecto político que la misma izquierda radical y el mismo nacionalismo fundamentalista quisieron imponer en España al final de la II República, traicionando el espíritu liberal que la vio nacer, y vulnerando toda la estructura jurídica del Estado de Derecho que la sustentaba. Y el problema es que setenta años más tarde los que en aquel entonces hicieron colapsar una de las mejores apuestas democráticas de España –ya saben que este servidor se siente republicano hasta la médula-, quieren volver a repetir el experimento frentepopulista, sin darse cuenta de que, a estas alturas, son muchos los españoles que creen en la libertad, el Estado de Derecho y la democracia, y no están dispuestos a dejarse avasallar por los camisas pardas del nacionalismo catalán, ni por los kaikus abertzales del norte, por mucho que Rodríguez se haya entregado a ellos y a sus objetivos fanáticos y totalitarios. Por eso los ataques al PP son distintos, porque recuerdan al modo en que durante los últimos años de la República, las fuerzas del nacionalismo radical y de la izquierda revolucionaria se unieron para agredir y matar a quienes discrepaban de sus ideas.

Rodríguez se ha empeñado en un proyecto excluyente, y quiere llevarlo a cabo como a él le gusta, es decir, como sea. Pedirles a los catalanes que reflexionen es un vano esfuerzo, porque aquella es, por desgracia, una sociedad mediatizada y anestesiada por el nacionalismo que lleva gobernándola desde el día siguiente de la vuelta de la democracia a este país. Solo la fuerza de los hechos hará despertar a una ciudadanía que hoy no es capaz de adivinar lo que se le viene encima. La campaña del Estatuto ha traido al escenario de esta tragicomedia nacional dosis desconocidas de odio y rencor nacional-socialista hacia el liberalismo democrático. En los ataques al PP no hay manifestaciones de discrepancia, sino actitudes de resentemiento y desprecio, que son las simientes que hicieron florecer el nazismo en la Alemania posterior a la I Guerra. Los dictadores del pensamiento, que son los mismos que acompañan desde el entramado mediático el establecimiento de un poder único y perdurable, señalan claramente los objetivos, y los violentos y radicales no tienen más que seguir las instrucciones de los montillas de turno. Eso es lo que le espera a Cataluña. Esto es lo que nos espera al resto de España.

Buen momento para sacar de algún baul olvidado en el desván aquel disco de Jarcha y hacer sonar a todo volumen su Libertad, libertad, sin ira libertad, ¿no les parece?

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)

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