Martes, 28 de febrero de 2006
“Cuentan los ancianos del lugar que allá en la serranía leonesa, durante la Guerra Civil, una partida de milicianos andaba a la captura de un grupo de falangistas, cuando toparon con uno de ellos que se había quedado rezagado de sus compañeros. Los milicianos se dispusieron a fusilarle cuando el comandante bajo cuyo cargo estaban les ordenó que, en lugar del fusilamiento, le enterraran en el suelo de forma que solo saliera fuera la cabeza, y practicaran con ella el tiro al blanco. Semejante angelito que hoy dejaría en pañales a esos que se dedican a la decapitación en nombre de Alá fue fusilado, sí, por los nacionales, después de un Consejo de Guerra, que esa es la parte que no se cuenta. El caso es que los ancianos del lugar, o al menos uno de ellos, tuvo ocasión de contar esta historia a dos compañeros periodistas, trabajadores en un grupo mediático que no se distingue por su proximidad al PP, que acudieron en busca de testimonios que avalaran la imagen de alma cándida del citado comandante, cuyos descendientes adoran de él su pasión por los humildes, y hacen de su memoria una guía de sus actos. Un espíritu candoroso cuyo recuerdo mejor permanecería enterrado, al igual que los de aquella contienda que solo traen tristeza y amargura. Animales hubo en los dos bandos, y seguro que ejemplos como el citado se podrán contar por miles a uno y otro lado de esa línea divisoria que es el odio. Por eso a esos muertos, a sus fantasmas y a sus espíritus es mejor enterrarlos y dejarlos descansar en paz, porque resucitarlos puede llegar a ser peligroso. Por cierto, no publicaron la historia”.
Perdónenme que me cite a mí mismo, pero esto lo escribía yo en las páginas de El Confidencial tal que un mes de octubre del año 2004 y ahora vuelve a estar más de actualidad que nunca. Sustituyan, eso sí, donde dice comandante por capitán, dado que esa era la graduación del personaje de esa historia de quien la biografía oficial dice que murió un mes de agosto de 1936 fusilado por no traicionar a la República. Parece ser, por lo que he podido ir averiguando después, que en el poco tiempo que pasó desde el inicio de la guerra hasta su fusilamiento, la práctica del tiro al blanco sobre las cabezas de sus enemigos enterrados fue una práctica habitual llevada a cabo por este hombre que luego transmitiría a sus herederos un ánsia infinita de paz. ¿Qué por qué lo cuento? No he sido yo el que he vuelto a traer a la memoria colectiva los desmanes de una guerra que se llevó por delante las vidas de millones de españoles de uno y otro bando, sino el presidente Rodríguez al comparar la muerte de su abuelo fusilado en la Guerra Civil con las víctimas de ETA, y hacerlo delante, precisamente, de quienes han sufrido en sus carnes la huella imborrable del zarpazo del odio terrorista. Y se quedó tan pancho.
Mas de una vez he expresado mi convencimiento de que aquel 6 de diciembre de 1978 en que el pueblo español se dio una Constitución, los demócratas vencíamos la última batalla contra la dictadura y, por tanto, la última batalla de aquella guerra cruel que nos enfrentó a nosotros mismos. Y eso pudo ser gracias al espíritu de concordia de la Transición, que impulsó Adolfo Suárez y que, con un enorme esfuerzo de generosidad por parte de todos, permitió cerrar heridas y superar resquemores para afrontar un futuro común en paz y libertad. Hasta que llegó Rodríguez y decidió volver a resucitar los fantasmas del pasado y reabrir las heridas de pretéritos conflictos. ¿Porqué? Por que necesita vengar la muerte de su abuelo, una promesa que parece haberle hecho a los pies de su tumba y que marca toda su vida, toda su acción política desde aquellos años en los que compartía con sus amigos de León horas de tertulia destinadas a arreglar el mundo desde las sillas desvencijadas del café Belle Epoque.
Theodor Körner decía que “la venganza es una herencia de las almas débiles que nunca se cobija en los corazones fuertes”. En esa respuesta a la madre de Irene Villa Rodríguez se desnuda por completo, nos enseña el fondo de un corazón atenazado por el rencor, y evidencia que ha elegido el conflicto vasco como un apéndice de aquella guerra fraticida, como un corolario en el que buscar el punto y final a aquel enfrentamiento entre rojos y nacionales que tanto le atormenta. Y él, rojo declarado, quiere ahora que ese punto y final implique la victoria de los suyos, de los ‘buenos’, y ha situado a las víctimas del terrorismo en el bando de los ‘malos’ en la medida que exigen la derrota del terrorismo sin condiciones. Rodríguez no sirve como elemento, como factor de unión de los demócratas, porque no puede hacerlo alguien cuya espíritu se alimenta de tanto odio, “furor de los débiles” lo describía Daudet.
Podemos ser superficiales a la hora de analizar lo que está ocurriendo, echar mano de las hemerotecas para hacer comparaciones al uso, pero todo eso nos hará perder la referencia de la filosofía que impregna este proceso: ahora no se trata, como sí se trataba antes, de buscar la victoria de la Democracia frente al terrorismo, porque si así fuera no habría duda alguna sobre cual debe ser el final, es decir, la derrota sin paliativos de los terroristas. No, el Gobierno ha aceptado plantear esto en términos de proceso de paz, lo cual implica reconocer de facto que hay una situación de guerra con dos bandos. Al asumir que el fin de la violencia debe producirse sin vencedores ni vencidos -De la Vega dixit, traicionada por su subconsciente-, sitúa a los terroristas en el mismo nivel que a sus víctimas y eso, sin duda alguna, supone otorgarles una victoria moral de indudable valor político para la consecución de sus objetivos, como se está demostrando estos días con el envalentonamiento del entorno radical frente a las víctimas de ETA.
En ocasiones los gobiernos actúan “contrariamente al fin para el que fueron instituidos”, y de hecho “deshacen los lazos sociales (...) y destruyen la autoridad que el pueblo les dio”. En esa circunstancia, John Locke en su segundo tratado sobre el Gobierno Civil reconoce la autoridad del pueblo, de la soberanía nacional, para rebelarse. Eso es, exactamente, lo que va a ocurrir mañana en las calles de Madrid cuando, espero, cientos de miles de ciudadanos le digan al Gobierno, a Rodríguez, que en su nombre no puede negociar con ETA una falsa paz que implica concesiones, algunas de las cuales ya son una evidencia en la medida que ha permitido la presencia de ETA en el Parlamento Vasco y que el mundo radical esté logrando imponer sus tesis aceptadas por una parte de los partidos constitucionalistas. Me refiero, claro, al documento de Anoeta que el PSOE asume casi como propio. Algo va mal cuando son los terroristas los que ponen las condiciones para la paz y una parte de nuestros palíticos lo acepta y habla el mismo idioma. Algo que tiene mucho que ver con una guerra civil y con un abuelo fusilado que actúan de detonantes de una política esquizofrénica derivada de un atentado sin precedentes el 11-M de 2004. Y digo yo: ¿si ponemos esto en manos de un psiquiatra?
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (2) | Referencias (0)
Al dichoso abuelo lo arrestaron dos días después del Alzamiento, así que no sé a cuántos falangistas le daría tiempo a enterrar como usted dice. Esta propaganda de atrocidades es vieja y barata, Sr. Quevedo. Y hágase mirar eso de oír voces en la serranía, que no debe de ser nada sano.
Perplejo | 28-02-2006 16:55:12
Lo suyo es el "difama, que algo queda". Porque verdades no dice ni una. El comentario anterior ya lo expreso claramente, esa es la verdad, fue fusilado nada más comenzar la Guerra por el Golpe Militar de la derecha, así que nose que atrocidades cometió en la guerra.
Isra | 02-03-2006 14:57:10
La Trinchera pretende ser un espacio de libertad para todo el que comparta una visión humanista y liberal de nuestra sociedad, desde el respeto a todas las formas de pensamiento que no pretendan convencer a través de la imposición
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