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Martes, 14 de febrero de 2006

Carta del Diablo a Zetapé

Querido José Luis:

He leído con gran preocupación tu último escrito manifestándome tu desasosiego por la lentitud con la que avanza la implantación de las reformas que acordamos. Tranquilo, no desesperes. Es propio de la naturaleza humana la reserva hacia los cambios, y ten en cuenta que el ascendente del Enemigo sobre la mayoría de las almas que gobiernas es grande y pesado de contrarrestar. Te apremio, sin embargo, a que consideres que en el fondo de cada individuo subyace una tendencia a la autoestima y el egoismo que condiciona su conducta. Te recordaré que ya John Locke afirmaba que el resorte principal del que surgen todas las acciones de los hombres, la norma por la que se guían y el fin que persiguen, parece ser siempre el alcanzar reconocimiento y fama. Y esto hace que los hombres quieran evitar a toda costa la vergüenza y la desgracia. Ya se que es algo difícil de comprender para una mente limitada, pero cíñete a mis consejos y ya verás como todo se endereza y al final logramos nuestros objetivos.

Ten en cuenta, querido José Luis, que el Enemigo hizo a los hombres libres y les dotó de razón, y aunque la estulticia forme parte de la naturaleza humana como antes te he mencionado, la renuncia a esas dos facultades es un ejercicio de voluntad harto difícil de conseguir, por lo que debes utilizar argumentos muy convincentes y, sobre todo, que consigan penetrar en el fondo de la inteligencia humana y la vayan destruyendo, al igual que hacen esos virus tecnológicos que penetran en el cerebro del ordenador a traves de mensajes de enorme atractivo para el usuario, y una vez allí inician una labor de destrucción que acaba con todo lo que encuentra en el disco duro. El hombre es un ser débil, que se deja engañar fácilmente, y la nuestra es una tarea destructiva en la medida que existe la posibilidad real e inmediata de que la ley natural sea transgredida. Su debilidad y mi astucia es lo que hace que triunfe en mi labor, pero ya te iré enseñando que, por lo que veo, te queda mucho por aprender.

Aún así, observo con moderada satisfacción que vas consiguendo algunos logros interesantes. La manera en que has iniciado, por ejemplo, el proceso de destrucción de estructuras básicas de la sociedad que el Enemigo considera esenciales, ha sido profusamente comentada entre nosotros aquí abajo como un acierto sin par. Por supuesto, el modo en que estás introduciendo principios que forman parte de nuestra estrategia para desarmar el contenido de la razón, como eso que allí han dado en llamar el buenismo, está siendo ya adoptado como manual de enseñanza entre nuestros jóvenes alumnos y futuros sembradores de la discordia universal y el odio al Enemigo. Resulta francamente prometedor el modo en que la noción pacifista de la diplomacia, la idea del talante, los principios de amor universal y solidaridad y el concepto del diálogo como única alternativa a la política frentista, han conseguido generar tales dosis de conflicto social y crispación que han doblegado el espíritu de concordia con el que el Enemigo había logrado forjar una sociedad en paz y libertad.

Paz y Libertad. ¡Que urticaria me producen esas dos palabras! Y supongo que a ti también, querido José Luis, aunque veo que logras sobreponerte a los contínuos embistes de ese Rajoy que tanto te perturba y que trabaja activamente por entorpecer nuestros planes. Si queremos lograr una sociedad civil inmadura y erosionar su capacidad de iniciativa, debes seguir trabajando en la eficaz estrategia iniciada hace casi dos años para desetabilizar ese periodo de paz y libertad que tanto daño hace a nuestra empresa común. Y el mejor modo de hacerlo, y mira que he intentado muchas tácticas a lo largo de los siglos, sigue siendo la del engaño y la trampa, la de hacer creer a esas débiles conciencias que eres lo que no eres. La tentación, querido José Luis, de creer sin límites a quién se dice pleno de bondades es demasiado fuerte para las cándidas almas que gobiernas, que siempre eligirán escuchar palabras vacías pero que suenen hermosas, que aquellas otras que les alertan de riesgos y peligros, aunque estos estén próximos, como tu y yo sabemos. El hombre tiene una tendencia natural a huir de los problemas, y esa debilidad es la que tu y yo tenemos que aprovechar para obtener nuestro beneficio.

Durante siglos de trabajo he ido consiguiendo pergeñar un lugar común según el cual el mejor modo de enfrentarnos a esas ideas de libertad y derechos individuales era hacer creer a sus depositarios, es decir, los seres humanos, que los defensores de esos valores morales eran y son los líderes de la izquierda. Gracias a esa farsa, durante años una buena parte de la humanidad ha estado sometida a nuestros designios de la mano de colaboradores tan leales como Estalin, Mao, Ceaucescu, Castro... Es verdad que, dado que una parte de la sociedad no logré que se convenciera de las bondades de la izquierda, ataqué su resistencia por el lado de la autoridad y la supervivencia de la especie, y en esa labor tuve aliados a los que añoro como Hitler, Mussolini, Pinochet, Videla, Franco... Pero al final, querido José Luis , todos eran lo mismo y su fin coincidía aunque no lo hicieran los fundamentos ideológicos: matar la libertad. Comprendo, sin embargo, que en estos tiempos modernos es difícil actuar con tanta elocuencia, y que hay que ser algo más precavido, porque los defensores de la libertad y los derechos individuales se han hecho fuertes.

No podemos permitir que el liberalismo, que los herederos de Locke, Hobbes, Tocqueville y Montesquieu, acaben convenciendo a la sociedad de que ellos son los verdaderos revolucionarios, que sus programas de gobierno son los que favorecen los cambios sociales, el desarrollo y la creación de riqueza, porque entonces nuestro compromiso en esta lucha contra el Enemigo flaqueará y nos volveremos débiles y seremos derrotados. De ahí, querido José Luis, que debamos continuar en este esfuerzo por convencer a las almas de que ellos son sus enemigos y depositen su confianza en nosotros, porque este será el único modo de volver a situar el orden social donde nosotros queremos que esté, es decir, en la ausencia de derechos y libertades, que es la única manera de que podamos gobernar las almas sin temer la influencia del Enemigo sobre ellas. Comprendo, sin embargo, que te embriaguen temores a tenor de lo difícil que se está haciendo esta singular batalla, pero es que son muchas las almas que se resisten a perder su libertad, y harán todo lo posible y utilizarán todos los medios a su alcance para evitarlo. Aunque nunca lo harán con la misma ruindad con que somos capaces nosotros de hacerles frente.

De ahí que cuando me dices que, en algunos momentos, flaquea tu voluntad y te gustaría poder utilizar las armas que tus predecesores utilizaron antaño, te conmine a evitar caer en esa tentación -por más que ese sea nuestro trabajo, el de hacer caer en la tentación- y a continuar en la línea emprendida y que tantos adeptos está consiguiendo aquí abajo, porque lo contrario supondría descubrir nuestra verdadera identidad y daría armas ideológicas a nuestros enemigos para oponerse con mayor contundencia a nuestros planes. Es por ello que te requiero nuevos actos que den prueba de buenismo y talante, formas de conducta absolutamente huecas y vacías de contenido ideológico y que, sin embargo, están logrando, como antes te decía, éxitos enormes gracias a esa tendencia natural del alma humana a deshinibirse de problemas y huir de las realidades cuando estas no le convienen. Querido José Luis, vuelvo a reiterarte que me congratulo con el modo en que estás llevando a cabo la culminación de nuestros objetivos, y sirva esta carta a modo de resumen de principios generales. Ya iremos, más adelante, descendiendo a detalles concretos.

Afectuosamente:

Astaroth

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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