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Lunes, 06 de febrero de 2006

Mahoma y la caricatura de ZP

Recordarán aquella patética imagen de Carod Rovira y Maragall a los pies del Muro de las Lamentaciones haciendo chanza de la Cruzifixión de Jesucristo, algo que para millones de personas en España forma parte de su existencia misma desde el bautismo hasta la muerte. ¿Si? Vaya por delante mi convencimiento de que cuando se trata de las creencias íntimas de las personas, la caricaturización de las mismas me parece un exceso que deberíamos ahorrarnos como norma general, empezando por los medios de comunicación. Con todo, la figura de Jesucristo ha sido utilizada desde todos los aspectos posibles, incluido el del humor, y desde luego los cristianos no hemos hecho de ello una razón de conflicto –hablo de la modernidad, obviamente-, limitándonos en los casos más hirientes a exigir respeto y a acudir a la Justicia en defensa de nuestros derechos civiles. Eso es así porque el Cristianismo es una religión de paz –lo cual no es óbice para que en nombre de Dios se hayan cometido innumerables crímenes-, pero no se puede decir lo mismo de la otra gran religión monoteista que sigue al Cristianismo en número de fieles: el Islam.

La publicación de unas caricaturas del profeta Mahoma con una bomba por turbante en un periódico danés han exasperado los ánimos de la comunidad musulmana, hasta el punto de que en los países islamistas se han organizado manifestaciones de protesta por este hecho que consideran un insulto a su religión. No les falta parte de razón, pero lo cierto es que en nombre de su religión, en el nombre de Alá y de Mahoma, el islamismo radical mata, practica el terrorismo y viola los derechos humanos. Y si se le critica, te amenaza de muerte y convierte el asunto en motivo de agitación de los sentimientos de sus fieles. El Cristianismo ha evolucionado al tiempo que lo ha ido haciendo la sociedad, y el mundo occidental, de tradición humanista cristiana, se puede publicar un libro como El Código Da Vinci sin que se resientan los cimientos de la Fe, pero si Salman Rushdie publica unos versos críticos con el Corán, tiene que ser escoltado para evitar la violencia de sus congéneres enardecidos por fatwas que condenan a muerte al escritor. El Islam, que durante siglos contribuyó al progreso del mundo, en lugar de evolucionar se ancló en una teocracia medieval que no respeta al ‘infiel’ y hace de su expansión motivo de cruzada o yihad.

El problema es que el caso de las caricaturas, en el que confluyen a modo de conflicto la libertad de expresión y el respeto a las creencias, no es un hecho aislado estos días en los que se suceden acontecimientos muy preocupantes para la estabilidad mundial y el progreso de nuestras sociedades. Un lector de este diario nos enviaba el jueves un e-mail en el que recogía estos hechos en una sucesión que, cuando menos, provoca inquietud: Una veintena de países islámicos piden castigos por las caricaturas de Mahoma. La ONU certifica que Irán tiene documentos sobre armas atómicas. Hamás dice que no cederá al chantaje económico de la comunidad internacional. La comunidad internacional exige que cualquier Gobierno palestino que forme Hamás deberá reconocer el Estado de Israel y renunciar al terrorismo: "Son unas condiciones injustas" declaró uno de los líderes de Hamás en Gaza. ¿Somos conscientes de lo que realmente está ocurriendo y del modo en que el islamismo se está convirtiendo en un problema muy serio para nuestra convivencia?

Recientemente, el ministro del Interior francés, Nicolas Sarkozy, alertaba sobre la condescendencia de las administraciones occidentales, sobre el modo en que por no “molestar” a los musulmanes los occidentales aceptamos todas sus pretensiones y les permitimos conductas que reprobamos si las efectúan ciudadanos de cultura cristiana. Si caemos en la tentación del buenismo, corremos el riesgo de acabar cediendo buena parte de nuestros principios y valores a favor de otra moral muy lejana de nuestra cultura y, en su filosofía vital, con elementos antónimos de esos principios de igualdad y libertad que sustentan el edificio de nuestro Estado de Derecho. ¿Es posible en estas circunstancias la Alianza de Civilizaciones? Todo hace pensar que se trata de una utopía buenista, producto de lo que Florentino Portero califica como “diplomacia del talante”, cuyas consecuencias pueden ser todo lo contrario de lo que se pretende conseguir. La Alianza de Civilizaciones es la caricatura del fundamentalismo blando y sin consistencia ideológica que subyace en la acción del Gobierno del presidente Rodríguez.

¿Cabe la renuncia a la defensa ante el ataque sistemático del islamismo a nuestra estructura social, desde todas las formas conocidas de acoso a nuestro modelo de convivencia? Eso es lo que pretende la utopía de la Alianza de Civilizaciones, la cesión con el fin de lograr la convivencia. ¿Es eso posible? La experiencia demuestra que no, y casos como el de las caricaturas de Mahoma evidencian que ambos modelos de convivencia son tan radicalmente distintos que es más que probable que uno pretenda imponer su superioridad sobre el otro. ¿Se imaginan a cientos de miles de católicos queriendo asaltar, fusiles en mano y con rostros desencajados por el odio, la embajada de un país islámico después de que un periódico de ese país hubiera publicado unas caricaturas ofensivas hacia Benedicto XVI? No, ¿verdad? Nuestra sociedad tiene que elegir si quiere seguir viviendo en esta especie de paraíso terrenal al margen de cualquier problema y financiado por la economía libre de mercado, o va a dejar que este modo de vida se venga abajo una vez que hemos aceptado el relativismo moral como parte de nuestra cesión al chantaje del radicalismo islamista y concedemos legitimidad a todas sus demandas.

La propuesta de Alianza de Civilizaciones implica el rechazo al uso de la fuerza, el reconocimiento y legitimación de los gobiernos islamistas, la disposición al diálogo y el alineamiento frente a Estados Unidos. Dicho así, suena de maravilla, pero si descendemos un poco al detalle implica, también, la no defensa ante el ataque exterior, la legitimación de las violaciones de los derechos humanos, la permisividad ante la proliferación de armas de destrucción masiva –y el caso de Irán comienza a ser francamente preocupante-, y el alineamiento con regímenes antidemocráticos o dictatoriales. Es decir, el paso previo a nuestra desaparición como civilización de tradición cristiana y la renuncia a la democracia liberal y a la idea de Libertad como guía de nuestras acciones individuales y colectivas. Yo no digo que la convivencia no sea posible. Como sostiene el diplomático Gustavo de Arístegui en sus dos libros sobre el Islam cuya lectura recomiendo, el islamismo es el peor enemigo del islam moderado. Existen escuelas islámicas que empiezan a abrirse al liberalismo, pero la evolución es muy lenta y, hoy por hoy, la idea de una única religión impuesta por la vía de la fuerza sigue primando entre los fieles islámicos. Y mientras sea así, no cabe alianza posible.

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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