Miércoles, 01 de febrero de 2006
Siempre he tenido a Mariano Rajoy por un político inteligente. Mucho, en comparación con quien es su contrincante político y actual presidente del Gobierno –aunque eso tampoco es ningún mérito-. Me sorprendió, sin embargo, no escuchar su voz el domingo pasado tras hacerse efectivo algo que a día de hoy no me atrevo a calificar ni de acuerdo ni de nada, salvo de confluencia de intereses entre Rodríguez y Artur Mas. Esa ausencia pública del principal referente político del centro-derecha propició lo que se ha podido convertir en un auténtico cisma en las filas del PP, y le ha dado al PSOE y al Gobierno unos días de respiro tras el Pacto de la Vergüenza del sábado por la noche. Reconducido, temporalmente, el desaguisado, el líder del PP se ha puesto manos a la obra en lo que en este momento es más vital para el futuro de nuestro país, al margen de piques y piqués, que es el modo en el que Rodríguez está pactando de manera clandestina el derribo de la estructura jurídico-social que fundamenta el Estado de Derecho.
Reconozco que hay una inexactitud en el titular de esta columna. La Gran Mentira no nació el 11-M, sino el día aciago en el que la política española consensuó, para nuestra desgracia, la cuota de poder que la Democracia le concedía a los nacionalistas. El 11-M lo que hizo fue otorgar a los enemigos de la Libertad, la Democracia y la Nación capacidad política para llevar a delante sus planes. De ahí que siempre haya defendido y seguiré denfendiendo que aquello no fue un atentado terrorista más del islamismo radical, sino una operación perfectamente diseñada para derribar al PP del poder, aunque de eso hablaremos otro día, que habrá tiempo para ello y ya son muchos los que me lo reclaman de nuevo. Pero lo cierto es que esa Gran Mentira gobierna hoy nuestro país, y el riesgo de descomposición de todo aquello que hasta ahora sostenía nuestra estructura social es absoluto. Y Rodríguez es el actor principal, el director de la orquesta que simula mover una batuta que, en el fondo, no es la suya.
La verdad es que ha sabido manejar con cierta maestría, incluso de modo habilidoso, la farsa del talante haciendo creer a una buena parte de la opinión pública y, sobre todo, a un elenco de plumillas entregados a la causa de su pérfida sonrisa, que con diálogo y consenso era capaz de arreglar todos los problemas del país. Permítanme, sin embargo, que afirme, parafraseando a Francisco Sosa Wagner, que “el diálogo y el consenso no pueden convertirse en el taparrabos de quien no tiene rabo que tapar”. Rodríguez no tiene más voluntad de diálogo y de consenso que la que nace de su necesidad de mantenerse en el poder. De ahí el Pacto de la Vergüenza con Artur Mas, una operación salida de la mente abstracta de Rubalcaba para evitar la foto de su jefe con Carod Rovira, consciente de que le hacía más daño que otra cosa. Estos agradables chicos de CiU, Mas y Durán, forman una pareja que cualquier madre querría para novios de sus hijas. No así Carod y Puigcercós, que espantan a cualquiera que tenga un mínimo de sentido común y pasión por la libertad, y que hoy se sienten la novia despechada.
Pero lo pactado, es decir, lo que ha servido de excusa para hacerse la foto, porque la subasta no ha hecho más que comenzar, es lo mismo hoy que ayer, y tiene el mismo objetivo destructivo. La única diferencia, cierto, es que CiU ha rebajado un poco sus aspiraciones económicas. Por ahora. De ahí que si Rajoy quiere desenmascarar esta Gran Mentira y que los españoles comprendan que este juego está destinado a favorecer nuestra desaparición como Nación, deba participar en el mismo. Tengo para mi que así lo ha entendido, y por eso el PP va a aceptar la oferta de diálogo extendida por Rodríguez y va a sentarse a negociar no se sabe qué, con el fin último de dejar en evidencia que el inmovilismo del que le acusan a él y a su partido se encuentra, realmente, instalado en la agenda del presidente: Rodríguez no quiere pacto alguno con el PP, y menos en la medida que cualquier diálogo con la derecha democrática implica poner sobre la mesa la soberanía nacional, el orden constitucional, la solidaridad y la igualdad entre los españoles, y la libertad.
Nada de esto ocurre porque sí, como diría el propio Rajoy. La Gran Mentira tiene su fundamento ideológico en las raices marxistas, nocivas para la sociedad, de una izquierda que no ha sabido evolucionar definitivamente hacia posiciones democráticas y liberales. De la mano de esa izquierda colectivista y monolítica el estado democrático ha degenerado, como denuncia Sosa Wagner, “en Estado de Partidos, más exactamente, en Estados mangoneados por las cúpulas de los partidos, lo que obliga a buscar nuevas legitimidades, llamadas a ser asumidas e incorporadas en las estructuras históricas tradicionales”. Sin lugar a dudas, la España de Rodríguez es hoy la demostración palpable de cómo esto ha sido así a lo largo del tiempo, incluso bajo el Gobierno del PP, y el debilitamiento que eso ha provocado en las estructuras esenciales ha permitido que hoy el país esté gobernado por sus más flagrantes enemigos, dispuestos como aves de rapiña a avalanzarse sobre los restos del reparto.
Esa es la razón de que Rajoy tenga, además, la obligación de situar a la sociedad frente a sí misma para poner remedio a esta enfermedad. Es necesario superar ese lugar común de que todos los políticos son iguales, de que no existe ideología, sino intereses particulares. Por desgracia, hoy por hoy la sociedad no confía en sus políticos, y si a esa desconfianza y el tradicional adormecimiento a que se la ha sometido se une la superficialidad sentimentalista con la que Rodríguez ha empañado la manera de hacer política, el resultado es un caldo de cultivo perfecto para ahondar en los conflictos y buscar salidas ajenas a los sentimientos comunes de Nación y Libertad, que es lo que pretenden el nacionalismo radical y la izquierda acomplejada. La misma izquierda que guarda cómplice silencio cuando un tipo cuyo nombre no merece ser puesto negro sobre blanco en estas páginas se atreve a decir en un programa de la televisión pública catalana “¡que se vaya a la mierda la puta españa!”.
El alemán Thomas Darnstädt, en su obra La trampa del consenso, afirma que “sin una completa renovación de la organización del Estado, de la democracia, de los partidos, de las asociaciones y los municipios, así como de la política de enseñanza y de la política social, sin una nueva relación hacia la Unión Europea, un fortalecimiento de las regiones y la eliminación del particularismo de los estados pequeñitos no habrá salida de la trampa”. Darnstädt entiende por estados pequeñitos aquellos en los que reina el caciquismo y la política de pequeños vuelos, una manera de acercarse al modo de hacer política en aquellas regiones en las que gobierna el nacionalismo. En definitiva, salir de esta situación implica, necesariamente, volver a reinventar la democracia para acabar con este chantaje permanente de la dictadura nacionalista y poder hacer política desde la autoridad que confiere el resultado de las urnas, sin necesidad de tener que recurrir permanentemente a la trampa del consenso.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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