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Martes, 24 de enero de 2006

Piqué, el Estatut y el Pacto del Tinell

Se equivocará el PP si en las próximas horas hace de las declaraciones de ayer de Josep Piqué una cuestión de Estado Mayor, de juicio sumarísimo, de consejo de guerra partidario, entre otras cosas porque estará dando satisfacción a quienes desean ver como el centro de la atención pasa de una negociación nocturna y alevosa y un acuerdo del que no sabemos de la misa la mitad, a un asunto interno del centro derecha, sometido desde el sábado por la noche a los vientos de la tormenta del estatuto catalán, como un barco a la deriva, sin saber muy bien por donde ha venido el ciclón que le ha pillado completamente desprevenido. El propio Piqué ha sido condescendiente con un acuerdo del que no sabe más que cualquiera de nosotros, y que de una primera aproximación huele demasiado a más de lo mismo de lo que veníamos denunciando desde estas líneas, aunque disfrazado de cordero para lo que ha puesto servilmente su piel a disposición de Rodríguez el líder de CiU, Artur Mas.

Y, sin embargo, precisamente por culpa del disfraz, la declaración de Piqué, el tono de Piqué, la imagen de Piqué, es lo que más necesita el PP en este momento para no darle al PSOE la excusa con la que poder atacar la posición de Rajoy con ese discurso tan manido del inmovilismo, y al mismo tiempo tan efectista. Ayer ese profeta de la demagogia que es Rubalcaba ofrecía de nuevo al PP sumarse al pacto, a un pacto que ya está cerrado y que nunca ha querido negociar el PSOE con la oposición, porque forma parte de la hoja de ruta de Rodríguez –lo reconocía ayer en estas páginas mi compañero Antonio Casado- excluir al PP de cualquier acuerdo, aislarlo, marginarlo, expulsarlo –si fuera posible- del sistema. Eso estaba escrito en el Pacto del Tinell, implícito en cada una de sus palabras antidemocráticas, y eso es lo que hace que la oferta del PSOE suene tan falsa como el beso de Judas en la Última Cena. Pero ya sabemos como es Rubalcaba, a quién sirve, y no nos llamamos a engaño, yo al menos

No voy a reiterar aquí la descripción de cómo Rodríguez ha roto los consensos básicos de la Transición y el espíritu de concordia que la alumbró. Basta saber que el acuerdo nace de una negociación de la que los españoles hemos estado absolutamente al margen, y en la que él y Artur Mas –que se ha prestado a ser la más fea para que el baile con Carod no le amargara la fiesta a Rodríguez, y así hacerlo pasar por un pacto moderado y aceptable para el país cuando es justo lo contrario- se han repartido el negocio. Cataluña es una nación, en un Estado plurinacional, con sus ciudadanos, que gozará de trato de bilateralidad con el Gobierno central, con sus competencias blindadas y un sistema propio de financiación. Esto es lo que se ha pactado, lo vistan de lo que quieran vestirlo, pero es necesario romper la imagen de que el acuerdo es positivo y bueno para España y para Cataluña que ahora quieren vender el PSOE y los que se vayan sumando al mismo según Rodríguez les de lo que le pidan.

Y para esa labor que debe acometer el PP una vez se recupere del modo en el que Rodríguez ha conseguido alelar al primer partido de la oposición –al único, realmente-, Piqué es extraordinariamente necesario, porque es la justificación con una parte importante del electorado, la razón para que el PP pueda trasladar a los ciudadanos la imagen de un partido centrado y capaz de negociar sin renunciar a sus principios y a sus valores constitucionales. Es más, el PP debería permitirle a Piqué mantener la puerta abierta de la negociación, que se siente a hablar con el PSOE en la Comisión Constitucional, dejando muy claro qué aspectos son irrenunciables, para dejar en evidencia a los firmantes del Pacto de Tinell y su rechazo absolutista y autárquico, ya no a pactar, siquiera a negociar con la derecha democrátrica cualquier reforma que afecte al futuro de este país, entre otras cosas porque Rodríguez a decidido entregarselo a los nacionalistas radicales y sin más precio a cambio que el del poder: la reforma del Estatuto es una sedición encubierta, una reforma profunda del modelo de Estado al margen de la mitad de los españoles.

Me consta que esta defensa de Piqué me va a costar hoy más de un reproche de los lectores. Probablemente el líder catalán del PP sea excesivamente prudente a la hora de querer buscar un camino intermedio entre el sentimiento nacionalista de una parte importante de la sociedad catalana, y el españolismo propio de su partido, y alguien debería decirle que difícilmente va a conseguir robarle un solo voto al nacionalismo burgués de Convergencia i Unió porque entre el original y la copia el votante opta por lo primero. Pero también es cierto que existe en Cataluña un electorado no nacionalista receloso de votar al PP en el que ve la representación anticatalanista del centralismo. Un mensaje falso muy bien utilizado por el nacionalismo radical durante mucho tiempo, y que ha calado incluso entre el electorado que no vota a los partidos nacionalistas. Piqué estaba consiguiendo romper esa dinámica, y si esa estrategia tiene éxito habrá que verlo en las próximas elecciones autonómicas. Una oportunidad que no puede hurtársele.

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)

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