Lunes, 23 de enero de 2006
Me van a permitir que les haga una confesión muy dolorosa, que les cuente la intimidad de algo que, por otra parte, es ya norma de conducta en cientos, miles, de hogares españoles: en mi casa paterna hemos prohibido los debates sobre política y aquellos otros temas que puedan generar tensiones. Esto no ocurría antes. Cuando nos reuníamos se hablaba de todo, cada uno exponía su opinión, y rara era la vez en que una discusión acababa en bronca, enfado y malestar por alguna parte. Ahora sí ocurre, y cada vez son más los lectores y amigos que me trasladan experiencias parecidas, situaciones de crispación y tensión en el entorno familiar y de amistad hasta ahora desconocidas, hasta el punto de que en muchos hogares y algunos lugares públicos han tenido que colgar el cartel de “prohibido hablar de política” al lado del de “prohibido fumar”. En este país en el que siempre nos ha gustado la polémica y el debate, ahora ese noble ejercicio de la discrepancia empieza a ser una actividad arriesgada.
En los últimos meses se ha generalizado un clima de enfrentamiento desconocido, en lo que mi memoria es capaz de traer al presente, en los últimos cuarenta años y, si me apuran, desde aquellos tiempos de la II República que dieron paso a la Guerra Civil. Ya desde su victoria electoral gracias a los atentados del 11-M el presidente Rodríguez se convertía en motivo para el afloramiento de tensiones, aún minoritarias en aquel momento, pero precursoras de lo que vendría después. Sin embargo, en lugar de corregir esa tendencia, el presidente ha ejercido un papel detonante, probablemente consciente, de ese enfrentamiento, hoy por hoy verbal pero en algunos casos muy violento, entre los españoles que se dicen de centro derecha, y los que se dicen de izquierdas. Para ser ecuánime, debo reconocer que las tensiones afloraron con el Gobierno del PP, siendo Aznar presidente, y a raíz de la Guerra de Iraq. Pero ya entonces la reacción de la izquierda fue airada y sobredimensionada.contra la derecha.
Rodríguez se presentó entonces ante la sociedad como el paladín del talante, del diálogo, del consenso, del saber escuchar la voz de la calle, de la transparencia y del buen Gobierno. Es decir, como la receta para acabar con esa enfermedad. Pero ha sido todo lo contrario. Su política ha estado dirigida a buscar el enfrentamiento y la confrontación, y no puede por menos que dolerme en el alma el pensar que un país que ha dado pasos tan significativos a favor de la concordia y el encuentro, hoy se mire a los ojos con la mirada del odio, el rencor y la revancha. Rodríguez es en sí mismo una plaga de odio, un sembrador de cizaña, un ave de mal agüero, un embaucador, un echador del mal de ojo que parece habernos señalado a todos con el dedo de la división y la disputa.
Desde sus primeros compases este Gobierno ha trabajado árduamente por buscar espacios de desencuentro. Lo ha hecho en casi todas y cada una de las leyes que ha remitido al Congreso, desde la de los matrimonios homosexuales hasta la de Educación. Ha forzado la disputa entre comunidades y esta misma semana se ha consumado el expolio nocturno y alevoso del Archivo de Salamanca, flaco favor a la Historia y a la unidad de nuestro patrimonio común. Pero es en la claudicación a las exigencias de la dictadura nacionalista donde Rodríguez se ha puesto en evidencia. Ha elegido a los terroristas antes que a sus víctimas y si por él fuera Batasuna hubiera celebrado su Congreso custodiado por la Guardia Civil. Ha pactado la autodeterminación del País Vasco y el acercamiento de presos, además de la libertad de muchos de ellos, sin nada a cambio, al menos por ahora, y pagando precios muy elevados por su atrevimiento. Y negocia en la clandestinidad el proceso soberanista catalán y la ruptura definitiva del modelo de Estado, al tiempo que aquella Comunidad se imprime de un carácter autárquico que lleva al punto de forzar huelgas de hambre en defensa del idioma común de todos los españoles, mientras el Gobierno mira para otro lado. ¿Es esto normal?
No. Y el problema es que las fracturas provocadas por esta política frentista y frentepopulista van a ser muy difíciles de reconducir en el corto plazo. Las tensiones generadas en la sociedad, los enfrentamientos en las propias familias, grupos de amigos, compañeros de trabajo, se superarán a costa de grandes dosis de generosidad, pero Rodríguez pasará a la historia como el presidente que consiguió enfrentarnos de nuevo, unos contra otros, a costa de romper todos los consensos que hicieron posible la convivencia en paz y libertad de estos treinta años. Me cuesta creer que eso sea lo que queramos la mayoría de los españoles. Me cuesta creer que entre convivencia y confrontación elijamos lo segundo. Me cuesta creer que hayamos olvidado tan rápidamente lo mucho que nos ha costado superar nuestros rencores y rencillas, y lo bien que nos sentíamos por haberlo logrado. Me cuesta creerlo y pienso que, en algún momento, volverá a imperar el sentido común y la sociedad enviará a Rodríguez a algún rincón de la Historia. Pero, si no es así, solo nos quedará llorar lágrimas de amargura en recuerdo de lo que fuimos.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (1) | Referencias (0)
Cuentan que en época de la dictadura se decía en las casas "calla hijo, no te metas en política". Pues ha tenido que llegar ZP para volver a las andadas...
anghara | 23-01-2006 18:49:04
La Trinchera pretende ser un espacio de libertad para todo el que comparta una visión humanista y liberal de nuestra sociedad, desde el respeto a todas las formas de pensamiento que no pretendan convencer a través de la imposición
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com