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Viernes, 25 de noviembre de 2005

¡Franco ha muerto! ¡Viva Zetapé!

Tenía yo catorce primaveras aquel 20 de noviembre de 1975 cuando en mi colegio el director suspendió las clases nada menos que durante una semana, si no recuerdo mal. Había muerto Franco, el Generalísmo le llamaban entonces, el Caudillo de España ponía en las monedas de veinticinco pesetas –creo- por la Gloria de Dios (¡cuánto daño ha hecho a la causa del Evangelio aquella convivencia cordial entre la Dictadura y la Iglesia!). Tenía yo catorce primaveras aquel 20-N de hace treinta años y lo que más le pude agradecer al General fue, precisamente, que se muriera. ¡Una semana de vacaciones! Entre nosotros el comentario más recurrente era el de porqué no se moría más veces... Éramos niños un tanto inconscientes de lo que estaba ocurriendo y, sobre todo, de lo que quedaba por venir a partir de aquel momento en el que terminaban cuarenta años de dictadura y ausencia de libertad para abrir la puerta a la Democracia.

Fueron tiempos indudablemente convulsos. Recuerdo los rostros preocupados de mis padres. El miedo a la Guerra volvió a recorrer como un fantasma los hogares de una clase media bastante bien acomodada gracias a la tecnocracia que dirigió los destinos del país en los últimos años del Régimen. El temor a enfrentamientos entre esas dos españas a las que hacía referencia Machado resurgió como una erupción cuya lava recorría las calles de los pueblos y ciudades de España. Era el momento que esperaban los pocos que desde dentro lucharon en la clandestinidad contra el dictador, y los muchos que lo hicieron desde fuera, lejos de la represión de los grises y amparados por una comunidad internaciones que hizo bien poco, por no decir nada, por favorecer la llegada de la libertad antes de que se muriera el General.

Evidentemente, se corría el riesgo de la venganza. Lo difícil en aquel momento era, precisamente, que aquellos que en cuyo recuerdo permanecía viva la memoria de padres y abuelos asesinados por el bando vencedor –daba igual que esos abuelos fueran canallas que se dedicaban a practicar el tiro al blanco con las cabezas de sus enemigos enterrados de cuerpo entero en la tierra de las serranías leonesas- no exigieran la reparación de la que se les había privado durante cuarenta años. ¿Era posible no volver a reabrir heridas? Las tensiones entre la firme estructura que el país heredaba del Régimen, y los que pretendían la completa renovación del entramado jurídico-político-social del país amenazaban en aquel momento con una ruptura peligrosa que podía llevar, de nuevo, a un enfrentamiento sangriento entre hermanos.

Y, sin embargo, el pueblo español, el mismo que aquel 20-N de 1975 completaba interminables colas para dar el último adiós al dictador de cuerpo presente en el Palacio de Oriente, guiado por unos políticos que demostraron una sensatez infinita, ofreció al mundo una muestra de generosidad que ha sido ejemplo para otras transiciones en otros lugares y será ejemplo para las generaciones futuras durante muchos años. Entonces el país fue capaz de mirar hacia otro lado, de cerrar esa página de la Historia y dar paso a la siguiente, una página de libertad, convivencia, consenso y concordia empañada, eso si, por la sangrienta actividad de la banda terrorista ETA que lleva contabilizadas casi mil victimas en su espiral de odio y violencia. Una espiral de la que fui testigo en mis años de vida en el País Vasco, y cuya impiedad sufrí en mi adolescencia.

De lo que recuerdo de aquellos meses posteriores a la muerte de Franco, me viene a la memoria como la intranquilidad de los primeros momentos iba dando paso a una enorme sensación de esperanza, a pesar de que rara era la jornada que no se saldaba con enfrentamientos entre los grises y una oposición antifranquista que se envalentonó con la muerte del dictador. Pero era evidente que el Régimen se caía a pedazos, mientras que todos, republicanos, monárquicos, izquierdas y derechas se arroparon entorno a la figura del Rey para forjar juntos una de las páginas de convivencia más bellas de nuestra Historia -¡que pena que algunos olviden lo mucho que hicieron entonces a favor de su país!-, a pesar de que las fuerzas del Régimen siguieron intentando tensar la cuerda para romperla.

Treinta años después –se cumplen este fin de semana tres décadas desde la muerte del Dictador-, cuando creíamos que las heridas estaban cerradas, que nuestra memoria ya había asimilado esas historias de vencedores y vencidos, algunos se empeñan en resucitar de nuevo el fantasma del franquismo, en querer ahora reparar las heridas de la dictadura y de una Guerra en la que, según ellos, solo hubo un bando bueno. Y eso, además de ser mentira, es sumamente peligroso. Dicen los que ahora reclaman la recuperación de la Memoria Histórica que solo puede afectar al bando de los vencidos. ¡Que curioso! Ese empeño por borrar de la memoria al contrario fue exactamente lo que hizo durante cuarenta años el franquismo, ¿y ellos quieren hacer lo mismo? ¿Vamos a aceptar, esta España del Siglo XXI, que nos vuelvan a separar en buenos y malos, como hizo durante cuarenta años Franco?

No hay diferencia entre fascismo y socialismo. Ambas son ideologías totalitarias en los que el estado pretende el control de la sociedad. ¿Eso es lo que ahora nos ofrecen los adalides de la Reparación Moral? Cuando tres años después de la muerte del Dictador los españoles votamos mayoritariamente la Constitución de 1978, dimos por finalizada la Guerra con el paréntesis de cuarenta años, pero entonces los vencedores fuimos todos, porque un país en el que sus ciudadanos son capaces de caminar juntos en la misma dirección gana, vence sobre quienes han hecho del enfrentamiento y la separación su modo de sobrevivir y gobernar. La Constitución fue la victoria definitiva de la libertad, no un nuevo paréntesis como algunos pretenden hacer creer ahora.

Si el presidente Rodríguez permite que esa reparación de la Memoria Histórica se convierta en un nuevo motivo de enfrentamientos, cometerá un enorme error, una equivocación cuyo daño puede ser irreparable. Este país no quiere volver a repetir errores pasados y aguarda, sin lugar a dudas, que de una vez encerremos nuestros temores para poder vivir en paz y libertad.

Aguardar...
No es dejar de sentir;
Ni callar,
Ni olvidar,
Ni algo sin fin.
Es saber que tu tiempo
Está por llegar...
Y esperar,
Y esperar,
Y esperar;
Y vivir esperando
Tus sueños llegar

(Adolfo Suárez Illana. Poemas)

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | General | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Lo recuerdo todo tal cual: el miedo y la esperanza mezcladas todos los días. El miedo fue pronto, muy pronto, desapareciendo en alas de la confianza en el futuro. Gonzalez ya mató parte de la Esperanza con sus corrupciones. El paréntesis de 1996 fue un respiro que acabó por la rapacidad y la deslealtad hacia el bien común de la izquierda, que tricionó sus principios en pos de intereses puramente partidistas. Es una pena que algunos quieran matar ahora lo poco que nos queda de aquel espíritu de conciliación. La verdad es que estamos bastante "cabreados".
Me encantan sus artículos, Sr Quevedo, no se muerde la lengua.

Lomi | 25-11-2005 16:52:19

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