Domingo, 23 de octubre de 2005
Si el Gobierno de Zapatero pretendía que la Cumbre Iberoamericana de Salamanca pasara a la historia por ser la primera en la que los líderes latinoamericanos se reunían para algo más que para hacer turismo, la tozuda realidad ha venido a confirmar que, siendo bueno e, incluso, conveniente que los dirigentes políticos de países hermanados, en este caso, por una lengua y un pasado histórico común se reúnan para hablar de temas de competen a todos, estas cumbres sirven para poco más. Quizás sería interesante asumir la incapacidad que los líderes latinoamericanos tienen a la hora de formalizar algún tipo de relación regular y constructiva, es decir, de armonizar un marco jurídico de derechos y deberes de esa relación. Lo digo porque partiendo de la base de que es casi imposible entenderse a pesar de hablar el mismo idioma, sería también más fácil hacer de las cumbres algo provechoso, aunque solo sea en términos jurídicos. Pero el Gobierno español pretendía, en esa ocasión, llegar más lejos.
Antes habían hecho algún intento de aglutinar intereses los gobiernos de González y Aznar, pero a la primera de cambio y con los primeros encontronazos con la diplomacia cubana, tanto uno como otro entendieron que las cumbres no daban más de sí y que lo mejor era dejarlas pasar y convertir en el encuentro en un marco privilegiado, eso sí, para el estrechamiento de relaciones bilaterales. Eso fue lo que hizo Aznar, por ejemplo, con Colombia y México, y González con Argentina y Chile. El problema es que, ahora, Zapatero ha estrechado ‘lazos’ con lo más antidemocrático del Continente, Cuba y Venezuela, y además colabora activamente en la extensión de chavismo por el resto de Iberoamérica, comenzando, como ya explique en estas mías páginas, por Nicaragua donde el Gobierno español apoya abiertamente las opciones del Frente Sandinista que lidera Daniel Ortega.
¿Es imaginable promover el fortalecimiento de la democracia de la mano de tiranos y dictadores? Parece difícil, pero eso es lo que nos han querido hacer pensar desde el gobierno. El Ejecutivo pretendía escenificar un nuevo estilo, una nueva estrategia, una nueva cumbre Iberoamericana, pero ha fracasado en su intento. Le han fallado sus principales aliados, Castro y Chávez. El primero porque no vino, consciente de que desde la reciente sentencia del Constitucional que faculta a la Justicia española a actuar contra crímenes contra la humanidad, podía seguir los mismos pasos que Pinochet en Londres si aterrizaba en Madrid.
De hecho, ya había fundaciones de apoyo a la disidencia cubana dispuestas a querellarse contra el dictador en cuanto este se bajara del avión. Chávez, por su parte, vino a lo de siempre, a articular discursos revolucionarios y poco más, por su parte a favor de la economía nacional –no hubo contratos para Navantia- aunque si se llevó armas y logró que en su país la televisión ofreciera las imágenes de su encuentro con Zapatero que el Gobierno no quiso enseñar aquí. Curiosa circunstancia, pero parece que se extiende cada vez más la opinión de que Chávez tiene de demócrata tanto como el propio Castro o Pinochet, y los expertos en imagen de Zapatero le aconsejaron que mejor no se hicieran la foto juntos, y menos firmando un contrato de compra-venta de armamento.
Con amigos como los de Caracas y La Habana, la España de Zapatero se está haciendo un flaco favor si aspira a ser influyente en ese continente. Ni en sus mejores momentos, España pudo plantearse aterrizar en la región como líder único, pues la primera potencia en la zona, guste o no, sigue siendo los Estados Unidos. Sólo en concertación con ellos de verdad se podría poner a Iberoamérica en la dirección correcta que no es sino la lucha contra la corrupción, el populismo, el indigenismo y la inseguridad jurídica. Iberoamérica necesita instituciones democráticas fuertes, y eso no puede pasar ni por Castro ni por Chávez. España podía haber optado por buscar otros aliados más afines a lo que se dice querer y de mayor peso político. Por ejemplo México y Brasil. Y junto a ellos iniciar una reflexión y dinámica que favorezca los cambios que el continente requiere.
Pero al gobierno de Rodríguez Zapatero apuesta por el Cuarteto de Ipanema y le traiciona su retórica. Decía no contentarse con cumbres de las que sólo sale un comunicado y al final se queda en una batalla nominalista sobre si embargo o bloqueo, porque todo lo demás son cánticos celestiales como en anteriores ocasiones. La única salida para que la Cumbre no termine cayendo en el olvido sería, como reclaman muchos expertos americanistas, fundirla con la Cumbre de Las Américas, claro que eso sería darle a Estados Unidos un papel muy significativo. Pero, lo cierto, es que nada en aquel Continente puede llevarse a buen término si no es con el concurso de Washington, y mientras los líderes latinoamericanos prefieran seguirle dorando la píldora a Chávez y a Castro con el apoyo entusiasta del Gobierno de Zapatero, las Cumbres seguirán siendo, como denunciaba Álvaro Uribe, una forma de hacer turismo presidencial.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLÍTICA EXTERIOR | Comentarios (0) | Referencias (0)
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