Martes, 27 de septiembre de 2005
El próximo mes de octubre se celebra en Salamanca la Cumbre Iberoamericana a la que supuestamente acudirán todos los líderes de la América Latina, eso si Moratinos ha conseguido que las agendas de los jefes de Estado y de Gobierno latinoamericanos cuadren con la convocatoria de la Cumbre y, sobre todo, si ha conseguido suavizar los recelos que la política exterior del actual Gobierno de España ha suscitado en algunos países como Colombia, Costa Rica, Nicaragua... Es, precisamente, este último uno de los objetivo de Zapatero y del Ejecutivo. La diplomacia española ya ha mostrado su apoyo al Frente Sandinista en las próximas elecciones nicaragüenses que, según parece, tiene visos de ganar el partido que lidera Daniel Ortega, aunque lo cierto es que siempre se ha quedado a las puertas.
Es verdad que este Frente Sandinista no es aquel que tiranizó Nicaragua en alianza con Moscú y La Habana, y contra el que combatió la contra de la mano de Estados Unidos bajo presidencia de Ronald Reagan, pero sigue siendo un partido de inspiración marxista y para Zapatero supone un nuevo paso en su estrategia de apoyo a la extensión del socialismo radical en Latinoamérica. La política exterior española en aquella región parece guiada, no tanto por lo que deberían ser los intereses estratégicos de España, como por la nostalgia que el sandinismo y la izquierda radical latinoamericana han hecho renacer en algunos sectores del PSOE.
Esto se ha hecho evidente en esa alianza que he venido en llamar el Cuarteto de Ipanema, que une a Castro, Chávez, Kirchner y Zapatero y que, sin embargo, ha dejado fuera al presidente brasileño, Lula da Silva, el cual no sabemos si acudirá a la cumbre, atenazado como está por los escándalos de corrupción que ya han convertido la esperanza que supuso su llega al poder en desilusión, y que amenazan con una derrota sin precedentes en las próximas elecciones legislativas. Lula ha mantenido, al contrario que sus correligionarios de izquierdas en Latinoamérica, una política económica muy ortodoxa y, en ningún caso, ha pretendido hacer de su victoria electoral la instauración de un régimen personalista, como si que ocurre en la Venezuela de Hugo Chávez.
Zapatero ha preferido apostar por la contribución española a la extensión de la revolución bolivariana por América Latina, cuyo siguiente paso sería lograr el triunfo sandinista en Nicaragua, lo que contribuiría a desestabilizar la zona centroamericana, muy próxima a Estados Unidos. Su estrategia ya ha tenido cierto éxito al lograr que la UE suavice su censura política al régimen de Castro –aunque si finalmente Ángela Merkel se hace con la Chancillería Alemana, es más que probable que esa victoria parcial de Zapatero se convierta en derrota-. El Gobierno, en su momento, canceló las ayudas humanas y militares a Colombia con el fin de destinar esos recursos a Venezuela, lo que le ha costado una reprimenda de Estados Unidos que observa con enorme preocupación los movimientos de Zapatero en Latinoamérica. La última jugada en ese tablero de ajedrez sería la victoria sandinista, y entonces Zapatero tendría todos los peones situados para hacer frente desde una América Latina dominada por el radicalismo de izquierdas a los Estados Unidos.
La Cumbre Iberoamericana de Salamanca puede ser un fiel reflejo de esta estrategia. Veremos si acuden Castro y Chávez, y habrá que observar con lupa los gestos de todos y cada uno de los líderes latinoamericanos que acudan y, sobre todo, las razones que expongan los que no lo hagan, y es más que probable que sean unos cuantos los que den calabazas al Gobierno español. El fortalecimiento de Chávez, las buenas relaciones con Castro y el giro a la izquierda populista en la región satisfacen los intereses de Zapatero.
En su momento, la victoria de Zapatero en las elecciones generales en nuestro país fue acogida con júbilo por los sandinistas que vieron en el presidente español un nuevo aliado, y éste corresponde a los agasajos del sandinismo. Una victoria del FSLN en Nicaragua tendría una lectura de desestabilización en la zona, y generaría inmediatamente enormes temores por lo que pudiera convertirse de nuevo un Gobierno bajo estas siglas, aunque ahora no tenga el amparo de Moscú. Pero, incluso en el caso de que no se llegue a formalizar una dictadura como la que dirigió Ortega antes de perder las elecciones de 1990 que se vio obligado a convocar por la presión de la contra, es fácil que los sandinistas copien el modelo venezolano de Hugo Chávez de régimen personalista, en el que se reprime la oposición interna y se modifican las leyes para favorecer la revolución bolivariana, y en el que la libertad empieza a ser un bien escaso. Ortega se perfila como un nuevo Chávez para Latinoamérica. El año que viene será su última oportunidad para lograrlo, pero esta vez cuenta con un aliado no poco poderoso: la España que preside Zapatero. La Cumbre servirá para pulsar si las estrategias del Cuarteto de Ipanema van en esa dirección.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLÍTICA EXTERIOR | Comentarios (0) | Referencias (0)
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