Viernes, 08 de julio de 2005
Como hiciera en Nueva York en septiembre de 2001 y en Madrid en marzo de 2004, el terrorismo ha vuelto a golpear en una de las cunas de la libertad, quizá en una de las más emblemáticas. Londres fue sacudida ayer por el horror de las bombas y aún sin saber la realidad del alcance en términos de víctimas y heridos, ya desde las primeras informaciones todo recordaba a lo mismo que vivimos en la capital de España hace algo más de un año. Como en aquel entonces me vienen a la memoria unas palabras de Karl Popper, el filósofo de la libertad, el inspirador de la sociedad abierta, en las que afirmaba que “la tolerancia no debe llegar hasta los intolerantes, porque termina negándose a sí misma como posibilidad real de existencia”.
Los atentados de ayer nos recuerdan que seguimos inmersos en una guerra que comenzó hace mucho tiempo, quizás más de lo que podemos imaginar, pero que cruzó su propio Rubicón en la espiral de violencia con los atentados del 11-S, en los que amenazó directamente los cimientos de nuestra civilización, el corazón de nuestra libertad. Madrid, y ahora Londres, se han sumado a esa estrategia de llevar la guerra a las puertas de nuestras casas, pero cometeremos un error imperdonable si, de nuevo, como ya ocurrió el 11-M en España, atribuimos estos atentados a la guerra de Iraq o a la presencia de tropas occidentales en Afganistán, aunque los terroristas expondrán esos argumentos como excusas, porque forma parte de su estrategia de muerte y división de la sociedad.
El objetivo del terrorismo es la libertad misma, la democracia de la que gozan los ciudadanos occidentales, y la inspiración cristiana de nuestra civilización. No es una casualidad que el grupo islamista que en una primera instancia reivindicó los atentados de ayer –ya veremos si es, en efecto, el autor de los mismos o como ocurrió en Madrid se trata de un grupo oportunista de primera hora- utilizara en su lenguaje amenazante a otras potencias occidentales –entre ellas España, aunque no la citó expresamente- el término de “cruzados”. Lo que estamos librando es una guerra entre una forma de totalitarismo fundamentalista de origen religioso y la sociedad occidental, que hasta ahora se sentía segura y protegida.
La lucha contra esta forma de terrorismo desalmado, que busca la destrucción y que no duda en utilizar cuantos medios estén a su alcance para lograrlo –lleva tiempo detrás de algún arma de destrucción masiva que utilizar contra nosotros- no puede pasar por la tolerancia. Con los terroristas no se puede pactar, ni negociar, ni, mucho menos, ceder, ni dar la sensación de que se es débil. Las estrategias de apaciguamiento siempre han conducido a que los totalitarismos se crezcan sobre la posición endeble de sus enemigos. Ocurrió con la Alemania de Hitler y aquello acabó en la II Guerra Mundial. Y nos enfrentamos a un totalitarismo mucho más sanguinario que el de los nazis, porque sus secuaces están dispuestos a morir matando por la causa, sin hacer excepción alguna.
No cabe la tolerancia, ni el diálogo. Cabe la firmeza, la intransigencia frente a quienes solo buscan muerte y destrucción. Hoy, con sabe Dios cuantos muertos sobre la mesa de la opresión totalitaria de este fundamentalismo islamista, es necesario recordar, como lo hacía estos días Natan Sharansky en Madrid, que solo desde la extensión de la democracia, que solo desde la implantación de la libertad es posible garantizar nuestra propia existencia como civilización occidental. No quiere decir eso que haya que recurrir siempre a la guerra para inculcar valores que son propios del liberalismo. Al contrario, habrá que buscar las fórmulas para que en esos países que alientan el terror se extienda la pasión por la libertad.
Pero, como afirmaba Thomas Paine hace muchos años, durante la Guerra de Independencia, “aquel que quiera asegurar su libertad debe defender de la opresión incluso a su peor enemigo”. La experiencia dicta que los países que han dado el paso de la tiranía a la democracia, de la opresión a la libertad, no quieren dar nunca marcha atrás. Los líderes de Las Azores suscribieron un compromiso por la defensa de la Libertad y la Democracia en el mundo, un compromiso que pasaba por no ceder nunca ante el chantaje y la amenaza de los terroristas. Si queremos evitar en el futuro atentados como los de ayer en Londres no hay otro camino que ese, porque solo luchando por un mundo más libre es posible acabar con toda forma de tiranía.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | TERRORISMO | Comentarios (2) | Referencias (0)
Desgraciadamente, hemos de asumir que estamos en Guerra contra el Terrorismo Islámico. Como he dicho ya otras veces, hasta que nuestros mandatarios no lo asuman valientememente... nuestra civilización occidental estará en peligro. Desde la firmeza,cuando comprendan que nunca renunciaremos a nuestros principios y que han empezado una Guerra que no podrán ganar, estaremos más cerca de terminar con ese cruel azote que sufrimos todos los países.
Saludos liberales.
Rabbateur | 10-07-2005 16:28:48
Para tener paz y libertad desgraciadamente tienes de estar preparado para la guerra, lo miremos como lo miremos y lo pintemos como lo queramos pintar, dos asquerosos dias de vida que tenemos y nos tienen de fastidiar los de siempre.
Lucas Deyá | 13-07-2005 00:27:24
La Trinchera pretende ser un espacio de libertad para todo el que comparta una visión humanista y liberal de nuestra sociedad, desde el respeto a todas las formas de pensamiento que no pretendan convencer a través de la imposición
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