Miércoles, 22 de junio de 2005
“Si se presenta el candidato de Mariano Rajoy y pierde, será una derrota de Rajoy. Pero si me presento yo y pierdo, será mi derrota”, dicen que dijo hace poco menos de un año el presidente gallego, Manuel Fraga, cuando decidió volver a presentarse como candidato del Partido Popular a la Xunta de Galicia, por quinta vez consucutiva y, supuestamente –aunque esto nunca se sabe, viniendo de don Manuel-, la última. Pero lo que nadie discute ya, ni dentro ni fuera del PP, es que pase lo que pase en la jornada del lunes con el voto emigrante, la estructura del Partido Popular en Galicia necesita cambios profundos, una catarsis que permita a la formación gallega seguir siendo la Andalucía del PP, el granero de votos que Rajoy necesita para mantener elevadas sus aspiraciones de ocupar La Moncloa en un corto espacio de tiempo.
Lo que tenga que ser el lunes ya lo habrán decidido los hados del destino a estas alturas y tanto si obtiene el escaño 38 y gobierna como si no lo obtiene y la Xunta pasa a manos de Touriño y Quintana -un panorama para echar a correr-, lo cierto es que el PP sigue siendo la primera fuerza política de Galicia, con una distancia muy importante sobre su inmediato seguidor. En cualquier caso, lo que ha puesto de manifiesto esta campaña electoral y así han dejado traslucir las encuestas, es que el electorado del PP le pide a sus dirigentes que hagan cambios, que pongan al frente del partido caras nuevas, que lo rejuvenezcan, que ya está bien de boinas y botarates, que o pobo galego también se ha modernizado y en la misma medida quiere que lo hagan sus dirigentes.
Renovación, rejuvenecimiento, modernización, cambio de caras en el PP gallego... Un asunto pendiente que dejó en la agenda Aznar en forma de patata caliente para que le quemara las manos a su sucesor, pensando, eso sí, que el sucesor sería presidente del Gobierno. No contó con el 11-M ni con que los atentados y los 192 muertos llevarían al poder a Rodríguez, entorpeciendo la labor de ‘saneamiento’ que Mariano Rajoy tenía que afrontar en Galicia. De ahí que Fraga, a quién no le apetecía nada ver pasar las horas muertas como jubilado, aprovechara la oportunidad para decirle al líder aquello de “yo sigo”, cuando don Mariano lo tenía todo previsto para que fuera su mano derecha en Galicia, el hombre que había traido aquí –presidencia de Correos y Telégrafos- y vuelto a llevar allí –conselleiro y vicepresidente de la Xunta-, Alberto Núñez Feijóo, quien tomara las riendas.
Es verdad que los tiempos en que el ‘clan de la boina’ en pleno –Fraga, Cacharro, Cuiña, Baltar...- gobernaba a sus anchas el PP gallego han ido quedando atrás, y que caras como las del propio Núñez Feijóo, Xoxé Manuel Barreiro o Xesús Palmou ofrecen una imagen bien distinta, más moderna, de gestores eficaces frente a la tradicional del cacique conseguidor. Pero quedan restos, muchos, por sacudirse de las alforjas si el PP quiere seguir siendo el referente de la sociedad gallega. Estos días de campaña un diario nacional publicaba una entrevista con un alcalde gallego del PP que presumía, sin rubor alguno, de nostálgico franquista y cuyas opiniones acerca de algunos asuntos de esos que a Dios gracias hieren la sensibilidad social del ciudadano medio, mejor no reproducir por no hacerle más publicidad. Esa es la catarsis que debe afrontar Rajoy, tanto si el PP gobierna como si no, porque esa ya no es la sensibilidad del 99% del electorado y la militancia del PP en el resto del país.
Y es que ese será un mensaje que el resto de la ciudadanía sabrá entender y aprenderá a valorar. Si Rajoy quiere enfrentar cuando toquen las elecciones generales una derecha moderna, eficaz y liberal, a la izquierda radical y sectaria que hoy por hoy representa un Rodríguez apoyado en el báculo de la Esquerra fundamentalista catalana y la extrema izquierda de Llamazares, necesita restituir la confianza que en su día depositaron los ciudadanos en ese mismo centro reformista que mayoritariamente votaron en el año 2000. Galicia, con o sin victoria, porque el resultado no puede esconder el verdadero mensaje que está lanzando el electorado gallego, es el primer paso para que Rajoy lleve a cabo el saneamiento definitivo, y a partir de ahí renovar también las estructuras nacionales. La fecha de jubilación de Fraga será lo de menos, pero cuanto antes se decida, mejor que mejor.
Entre maréo y maréo, entre boutade y boutade, Manuel Fraga ha ido demostrando que ya no rije igual, que el cuerpo no aguanta lo mismo, que la edad hace estragos por más que uno se limpie la arrugas en la foto. De Fraga siempre se ha dicho que nació para subirse en el coche oficial, y que nunca se ha bajado de el, pero necesariamente tiene que llegar el momento en que la puerta se cierre detrás suyo para no volver a abrirse o, de lo contrario, incluso la historia le pasará factura al hombre que pudo haber sido y no fue. El pasado domingo los gallegos, que durante años se han visto en don Manuel a sí mismos, le han dado la última oportunidad de salir por la puerta grande de la Presidencia, y aunque no consiga el maldito escaño 38 nadie le va a negar un pelotón de gaiteiros para el día de su despedida. Si es menester, los pagará Touriño de su bolsillo.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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