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Lunes, 13 de junio de 2005

Aromaterapia

“Túmbese”, me dijo, sin muchas contemplaciones. Había ido por recomendación de un amigo para rebajar la tensión muscular y mental. Llegué un poco, como diría, acobardado ante lo que para mi era una incógnita. En la puerta un cartel en tonos verdes decía: Wyang. Y, debajo, en letras rojas: AROMATERAPIA. La entrada de lo que otrora había sido una vivienda unifamiliar con posibles en un barrio elegante de Madrid era como traspasar la frontera entre el asfalto contaminante y el Jardín del Edén. El sonido cristalino del agua, las mimosas que casi rozaban el suelo, el olor inconfundible de los rosales y la sombra de las moreras invitaban a quedarse allí, sentado sobre la hierba, y limitarse a escuchar la voz de la naturaleza y la propia interior. Pero se abrió la puerta de la casa lo justo para dejar pasar mi mano y empujarla. Entré. Una diosa de rostro de porcelana, estilizada figura, ojos rasgados y mirada profunda, labios carnosos, nariz recta, senos turgentes... me miraba, a mi. Me llevó a una salita en tonos pastel y motivos orientales. Sonrió y dio por hecho lo que buscaba. “Un masaje”, dijo. “Si... bueno”. ¡Claro!, ya me imaginaba aquellas manos recorriéndome... Mi amigo no me dijo nada de esto. “Pues ahora viene a buscarle Carolina”. Mi gozo en un pozo. Bueno, pensé, Carolina prometía, al menos por el nombre, hasta que abrió la puerta. Aquella mujer era la antítesis de lo que uno entiende por ideal femenino, si es que los hombres tenemos alguno definido.

Me tumbé en aquel camastro elevado con una pudorosa toalla tapando mis partes pudendas por toda vestimenta. Carolina, pequeña, achaparrada diría yo, de gruesos y velludos brazos, se subió a un taburete para llegar mejor a mis rincones. Previamente, Carolina había encendido varitas de incienso, y calentado un poco de aceite de bergamota que, supongo, utilizaría para abrasar mi piel. De reojo, vi como mezclaba aceite de ciprés, cedro y canela, mientras al incienso se unía un aroma inconfundible de eucalipto. Pero el que más llamó mi atención fue ese perfume a lavanda que invadió mis fosas nasales y me condujo, irremediablemente, a una somnolencia que volvía pesados mis párpados y relajaba todos mis músculos... Hasta que comenzó la tortura. No, no me refiero al masaje. Carolina pulsó un botón en algún sitio y una voz melosa, con cierto tono de farsante de feria, comenzó a recitar poemas de Rabindranath Tagore. “La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”. No es que yo le tuviera especial manía al poeta indio. Incluso me parecía gracioso, pero en aquella voz me resultaba insoportable... no se, tenía algo... Carolina habló por segunda vez: “¿No le reconoce?”. “El caso es que me suena”, le dije un tanto aturdido mientras la voz continuaba: “Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.

“Es Zetapé”, suelta Carolina, como podía haber dicho que era su compañero de piso. “Ha grabado este disco con versos de Tagore y fondo bajo de música chill out para nuestro grupo de estudio de la filosofía Zen y lo hemos repartido por todos los centros de masaje terapéutico”, dijo mientras sus manos descubrían partes de mi anatomía hasta ahora completamente desconocidas. Pues yo que quiere que le diga –le dije-. Si no fuera porque usted está haciendo un trabajo notable sobre mis vértebras, a mi este hombre como que me tensa más todavía.... “De eso se trata”, afirmó, y no entendí nada. “Qué pequeña eres, brizna de hierba. Si, pero tengo toda la Tierra a mis piés”, declamó la voz pomposa, y en esas descubrí exactamente donde estaba mi esternocleidomastoideo, que se tensó como nunca había pensado que pudiera tensarse.... “¿Lo ve? –Carolina rompió la magia negra del momento-. Hemos comprobado que al escuchar su voz, los músculos se contraen y se expanden hasta tal punto que es facilísimo encontrarlos y practicar la terapia”. Vaya, hombre, así que en lugar de disfrutar de un masaje me iban a someter a un potro de tortura, pensé, y decidí hacer como que no escuchaba para complicarle el trabajo a aquella bruja dispuesta a hacer de mi espalda masa para empanadillas.

¡Que va!, la muy capu... subió el volumen. “La patria no es la tierra. Sin embargo los hombres que la tierra nutre son la patria”, insistía sobre las notas de un tema de Enya. Ese se lo habrá dictado Carod Rovira, pense, y mi fascia infraespinosa empezó a vibrar como una batidora. “Tranquilo –espetó Carolina-, que tampoco se trata de provocar una zozobra muscular”. Sus manos empezaron a bajar por las espalda y, lo reconozco, me advirtió de lo que venía a continuación. “Voy a trabajar la cresta ilíaca, no se asuste”. Yo que me iba a asutar, si no sabía lo que era aquello. “El que se ocupa demasiado en hacer el bien, no tiene tiempo de ser bueno”. Fue escucharlo, y mi espalda se arqueó a la altura próxima del glúteo. Lo dirá por él, pensé. Bien, ya sabía donde estaba la cresta esa, y allí permanecía yo, escuchando el recital mientras las manos de Carolina trabajaban la cinta iliotibial, el músculo semitendinoso, el semimembranoso y todo lo que yo no sabía que podía contraerse hasta el punto del dolor al escuchar aquella voz que susurraba en mis oidos: “Llevo en mi mundo que florece todos lo mundos que han fracasado”. ¡Ya estaba, ahí, su visión!, ¡Zetapé cual Ghandi en éxtasis de amor! Y caí, entonces, en un profundo sueño, presa del sopor y la hartura.

Federico Quevedo

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | General | Comentarios (3) | Referencias (0)

Comentarios

Muy bueno Federico, pero que muy bueno, con o sin tu permiso, lo voy a copiar y pegar en formato Word, ponerlo en el escritorio del ordenador, y cuando venga algún dia CABREADO, hablando claro, lo leere otra vez, porque de verdad es muy bueno.

Lucas Deyá | 13-06-2005 23:29:20

Federico, me ha encantado. Es buenísimo.

pepeblai | 14-06-2005 01:21:05

Juas, le voy a proponer la idea a mi cuñada que es fisio. Seguro que triunfa.

Reboot | 15-06-2005 10:10:38

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