Martes, 07 de junio de 2005
Se equivocan quienes creen que el resultado de los referendum de Francia y Holanda es un simple escollo en el camino de la ratificación del Tratado Constitucional de la Unión Europea, y que éste puede seguir su camino como si tal cosa. Se equivocan también quienes aseguran que esto se resuelve volviendo a votar de nuevo, entre otras cosas porque demuestran un nulo respeto por la voluntad popular y, por tanto, por la democracia, y eso suele pasar factura. El ‘no’ a la Contitución de dos países fundadores de la Unión y, en especial, el ‘no’ del país que, practicamente, la ha alumbrado, tienen la suficiente entidad como para que los jefes de Estado y de Gobierno de la UE decidan, en la próxima cumbre de los días 16 y 17 que da fin a la Presidencia de Luxemburgo, enterrar este proyecto y abrir un nuevo periodo de reflexión sobre lo que ha ocurrido, los porqués, y el futuro de la Unión, sobre la base de que el ‘no’ francés y holandés no es ni el final de Europa ni el final de la Unión. Entre otras cosas porque la Unión puede seguir avanzando subida al carro del Tratado de Niza, aunque haya que hacerle algunos ‘retoques’ para adaptarlo a la ampliación.
Europa, sin embargo, si se va a ver afectada en su proyecto de convivencia, y quizás sea el momento de volver a recuperar el espíritu liberal y de unidad política que dio lugar al proyecto de Monnet, Schumman y Adenauer. El tratado que se ha sometido hasta ahora a ratificación nacía con la voluntad de otorgar una primacía política en la Unión al eje franco-álemán, e implicaba poner blanco sobre negro la particular visión que sobre el futuro de Europa tienen París y Berlín o, más exactamente, Chirac y Schroeder. Una visión dirigista y antiliberal, estatista y burócrata, y antiamericana. Es curioso como el mayor derrotado en este proyecto de construcción europea es, precisamente, el político que se erigió en su momento como adalid de la oposición a Bush por el conflicto de Iraq. ¿Tiene algo que ver? No, pero los ciudadanos franceses y holandeses les han dicho a sus gobernantes que lo que ellos entienden como criterios de interés público no son los criterios que el público interpreta que son de su interés. Empezando porque ese Tratado Constitucional no nacía de la voluntad de los ciudadanos, sino de los políticos, de ahí la trascendencia que tiene el que los holandeses le hayan dado la espalda a su propio Parlamento.
De las muchas afirmaciones que se han hecho estos días a raíz del ‘no’ francés y holandés yo me quedaría con la de que Chirac ha dejado de ser un referente para la construcción europea. Si rebobinamos la cinta hasta hace algo más de un año, Europa basculaba entre dos ejes, el formado por París y Berlín, antiamericano y continentalista, y el atlantista de Londres-Madrid-Roma. La victoria del PSOE en marzo de 2004 desequilibró esa balanza y ha significado un periodo de prepotente supremacía de los continentalistas frente a los atlantistas, entre los que se encontraban una buena parte de los países del centro y este de Europa recién incorporados a la UE. Pero el ‘no’ francés, y el precedente de la derrota de Schroeder en Renania que presagia el triunfo democristiano en septiembre en Alemania, han vuelto a situar la balanza del lado de los atlantistas, en el que, a día de hoy, el único líder con capacidad para unificar criterios y abanderar un proyecto común se llama Tony Blair.
El primer ministro británico, que inaugura Presidencia Europea a finales de junio, puede, ahora, liderar un proyecto liberal que cuente con la adhesión de ilustres como Sarkozy o Ángela Merkel. Europa ha venido subordinando los derechos individuales a la primacía social, y eso ha pasado factura en una ciudadanía cada vez más defensora de su identidad. Es cierto que en el ‘no’ francés subyace un componente antiliberal surgido de la izquierda comunista y de la extrema derecha, pero no es ese el sentir mayoritario de los ciudadanos europeos, y sí el de primar la voluntad de la sociedad civil sobre las decisiones los despachos de los burócratas. Blair tiene la oportunidad de liderar el fin de este Tratado farragoso y el inicio de un proceso constituyente que acabe en un referendum en toda la Unión al que se someta una Carta Magna que recoja los principios esenciales que deben regir nuestra convivencia. Un proyecto al que debería sumarse el Partido Popular en España, por más que en su día cometiera el error de no pedir el ‘no’ al Tratado por una mala entendida responsabilidad política y un ‘europeismo’ que yo calificaría de beato.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | EUROPA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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