Lunes, 25 de abril de 2005
“Entre ellos y nosotros hoy, hay una sima”, nos decía, ciertamente desolado, a dos compañeras periodistas y a mí el diputado del PP Jaime Ignacio del Burgo al termino del violento rifirrafe parlamentario vivido en el Congreso el miércoles por la tarde, durante la sesión de control al Ejecutivo en la que Rajoy acusó al presidente Rodríguez de “liquidar” el Pacto Antiterrorista. Una sima preocupante, peligrosa, porque esa sima implica que en estos momentos se encuentran al borde del abismo asuntos sobre los que, hasta ahora, nadie tenía duda alguna y nadie pretendía redefinir. ¿De quién es la culpa? Puede que de todos. Mis lectores más equidistantes dirán que de Rajoy y, sobre todo, del inmovilismo de Aznar, argumento este último que ya tufa. Personalmente creo que quién gobierna tiene una cuota de responsabilidad añadida en estas situaciones, como la tuvo en su día el propio Aznar y así se lo hicieron saber los mismos que hoy alaban esta dosis de talante zapateril que nos ha llevado a uno de los peores escenarios de crispación vividos hasta el momento en nuestro país. La sima la ha abierto el presidente Rodríguez, la abrió el día que decidió que la mejor manera de afianzarse en el poder era obligar al PP a escorarse mientras él apuntalaba su futuro sobre la base de unos pactos que son los que nos llevan al borde de la Constitución.
Tras ganar las elecciones de marzo, Zetapé se propuso el objetivo de reducir las expectativas electorales del PP a menos de 130 escaños, lo que abría ante sí un periodo de permanencia en el poder similar o mayor al de su predecesor Felipe González. En la escasez de principios que caracterizan el fundamento ideológico del presidente Rodríguez el fin justifica los medios, por lo que la mejor manera de presentar al PP ante la opinión pública como un partido inmovilista era proponer, sobre la base de esos pactos, una serie de reformas que afectaban a toda la estructura de principios y valores que han sustentado el Estado de Derecho desde sus orígenes en 1978, vulnerando las más elementales reglas del juego democrático, eso sí, siempre bajo el argumento de un supuesto talante y una voluntad de diálogo que en estos doce meses solo se ha materializado en la dirección de sus propios intereses, marginando del mismo a cualquiera persona física o jurídica que le llevara la contraria. Hasta las elecciones en el País Vasco todo esto era preocupante, pero podía darse una cierta esperanza en que la situación se recondujera por la vía del sentido común. Sin embargo desde el pasado 17 de abril en que los representantes de los asesinos de ETA se vuelven a sentar en los escaños del Parlamento vasco gracias a la omisión consciente y deliberada del presidente Rodríguez, ha pasado a ser un asunto de extrema gravedad.
Lo es porque Rodríguez, además de haber permitido que ETA vuela a sentarse en el Parlamento Vasco de una manera consciente y deliberada en atención a sus intereses electorales, permite deducir de sus palabras que está dispuesto, además, a negociar con ellos, a sentarse en la misma mesa. Y no es que esto sea una sorpresa porque el presidente Rodríguez no ha tenido inconveniente alguno en permitir los contactos entre su partido y Batasuna previos a las elecciones vascas, y esto es así no porque lo diga el señor Otegi –hay que joderse, porque a la izquierda lo que diga Otegi le vale según le convenga, ¿o no nos acordamos del 11-M?-, sino porque no lo niega el señor Eguiguren, que es quién ha estado flirteando con la izquierda abertzale con la venia de su señoría Rodríguez Zapatero. Si todo esto no supone la ruptura de hecho –que no de derecho- del Pacto Antiterrorista, que venga Dios y lo vea. Pero hace bien Rajoy en denunciar y no emitir el certificado de defunción, porque eso es precisamente lo que está esperando Zetapé que haga la oposición política, aunque ya desde aquí les digo que no volverá a reunirse la comisión de seguimiento del mismo hasta el momento oportuno en que le interese hacerlo al presidente Rodríguez, quien ha disuelto como un azucarillo aquella promesa de reunir el pacto cuando una de las partes lo pidiera. Merece la pena recordar que fue precisamente ese pacto –propuesto por el mismo que lo ha roto- y la unión de los demócratas lo que ha permitido que hoy ETA lleve casi dos años sin matar, una estrategia que culminaba con la desaparición de los representantes de la banda de las instituciones.
Pero, claro, eso no ofrecía la visualización del final del conflicto, palabro que ha venido ya a engrosar el vocabulario de la izquierda. El fin de ETA por inanición no es electoralmente rentable. Mejor pactar el día y la hora de la entrega de las armas, aunque sea a cambio de ofrecer al enemigo en bandeja de plata sus aspiraciones envueltas en el ropaje del talante y del diálogo. Rodríguez es jugador de mus -muy malo, por cierto-, y ha querido echar un órdago que puede salirle francamente mal, porque es muy difícil en una misma jugada pretender ganar toda la mano, sobre todo cuando es evidente que juega de farol porque no tiene cartas. A ETA le ha dado un balón de oxígeno que ya veremos como rentabiliza. Al nacionalismo vasco y catalán les ha abierto la puerta a sus reivindicaciones más extremas –y más estrambóticas, monsieur Maragall-. Y, sin embargo, no ha conseguido ampliar la brecha electoral que le separa del PP, porque Rajoy no ha caído en la estrategia de la radicalización a pesar de las trampas que le ha puesto Rodríguez, y además ha conseguido que en lugar de cerrar filas con Aznar, sea Aznar el que las cierre con él. Claro que el líder de la oposición tiene ahora el difícil reto de unas elecciones gallegas en las que se juega su propio liderazgo. Un panorama interesante de cuya conclusión dependerá que nos acabemos tirando al abismo o empecemos a retroceder pasos hacia atrás para salvarnos.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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