Martes, 29 de marzo de 2005
Desde que tengo uso de razón hay algo en lo que creo con absoluta firmeza: ningún hombre está en posesión de la autoridad suficiente para quitarle la vida a otro hombre. La vida es el bien más sagrado de que dispone el ser humano, tan sagrado que, en mi humilde opinión, es también un bien social, es decir, nuestra vida no es solo nuestra, sino que pertenece al conjunto de la sociedad en que vivimos. Por esa razón mi oposición a la pena de muerte como castigo de un delito, sea este cual sea, es total y absoluta, y mi rechazo a la práctica de este castigo es inquebrantable. Ni siquiera, fíjense, en tiempo de guerra –excepción que, por cierto, recoge la Constitución Europea- y, por supuesto, no lo contemplo como pena por los peores delitos que pueda imaginar la mente humana, para los que creo que la sociedad tiene otras formas de hacer frente sin necesidad de quitarle a nadie la vida.
Quiero decir, por ejemplo, que ante delitos tan brutales como los de terrorismo, los infringidos sobre la infancia –todos los derivados de la pederastia- y los de tipo sexual, o la violencia contra la mujer son formas delictivas muy novedosas que requieren que la sociedad se enfrente a ellas de otra manera que la tradicional pena de cárcel, fundamentalmente porque quienes cometen esta clase de delitos suelen ser reincidentes y con ellos no funcionan los mecanismos de reinserción, por lo que la necesidad de apartarlos de la convivencia se hace cada vez mayor y los gobiernos deberían afrontar estas exigencias en códigos penales más modernos y eficaces frente a estas formas de delincuencia.
Pero no iban por ahí los tiros de esta reflexión. Mi oposición a la pena de muerte, mi convencimiento en que ningún ser humano puede decidir sobre la vida de otro, me lleva también al convencimiento de que tampoco uno mismo puede decidir sobre su propia vida considerada un bien social. Esta es, al margen de otros motivos morales, la razón por la que también me opongo a la eutanasia activa, por muy caritativa que nos pueda parecer en determinadas circunstancias, como la que va a llevar a Terry Schiavo a la mayor de las torturas: pasar una o dos semanas consumiéndose léntamente por ausencia de líquidos y alimentos.
Tengan en cuenta que, a pesar de que Terry Schiavo aparenta una vida vegetativa, respira sin necesidad de asistencia y puede sufrir dolor, por lo que imagínense lo que sería para ustedes o para mí morir ahora mismo de inanición y trasládenlo a lo que va a soportar esta mujer. Porque la diferencia entre lo que puede considerarse un homicidio legal y la llamada eutanasia pasiva o no alargamiento de una vida asistida, está en que los enfermos que sobreviven única y exclusivamente por medio mecánicos, fallecen a los pocos segundos o minutos de restarles esa asistencia, lo cual quiere decir que su supervivencia se debía sólo a esos medios. No es el caso de Terry Schiavo, como no lo era, por cierto, el de Ramón Sampedro, ya que en ambos casos sobrevivían sin necesidad de medios mecánicos más allá de la ayuda para alimentarse.
Reconozco que las imágenes de Terry Schiavo, sumida en un estado vegetativo desde que en 1990 sufrió un ataque al corazón debido a una mala dieta para adelgazar, son dramáticas y llevan a una mal entendida compasión que sugiere que Schiavo no debería sufrir más y morir en paz. Pero ese razonamiento es falso, porque al contrario de lo que le ocurre a un enfermo que solo vive por medio mecánicos y que muere en el momento de ser desconectado, la muerte de Schiavo, cuya cuenta atrás ya ha comenzado, será una auténtica tortura el tiempo que dure su lento adiós por inanición. En nuestro país lo que se le ha hecho a Terry Schiavo sería constitutivo de delito, en la medida que la enferma era, es, capaz de respirar sin necesidad de asistencia, por lo que provocar su muerte por inanición implicaría un delito de eutanasia activa.
Pero, fíjense, yo creo, como Madariaga, que “el alma humana tiene más raíces y más ramajes de los que parece”, y que esta vida nuestra es un tránsito hacia otra en la que lo que hemos hecho aquí nos parecerá una minúscula nimiedad. Razón de más para pensar que no tenemos en nuestras manos la capacidad de decidir sobre la vida de los demás. Sin embargo, los jueces en Estados Unidos se han erigido en Dios y deciden si Schiavo debe vivir o no, o si a tal o cual convicto hay que someterlo a la cámara de gas hasta que muera. Pues bien, ningún hombre debería arrogarse una potestad que no le pertenece. Tampoco Bush, por cierto.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | SOCIEDAD | Comentarios (0) | Referencias (0)
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