Martes, 22 de marzo de 2005
Me van a permitir que rebaje un grado el tono de mi crítica y que le conceda un voto de confianza a Zapatero, extendido hasta el mismo momento en que sea imposible que el entorno de ETA se presente a las elecciones vascas del 17 de abril. No voy a ocultar mi sospecha de que, al final, Batasuna o Aukera Guztiak estarán presentes ese día, sospecha ligada a la necesidad de Patxi López y el propio Zapatero de que el PNV-EA no obtenga mayoría absoluta en las urnas y necesite pactar, lo que permitirá atraer al nacionalismo vasco a un nuevo pacto con el PSE que implicaría, por parte de los socialistas, una cesión inédita en ese partido en cuanto al modelo territorial, ofreciendo al PNV cuarto y mitad del plan Ibarretxe –que eso es lo que es el Plan López-.
Esa es la razón por la que creo que el Gobierno, o el PSE, está negociando con Batasuna y la razón por la cual Zapatero ha hecho la generosísima oferta de concederles el estado de gracia a cambio, única y exclusivamente, de que condenen la violencia. Solo tienen que mentir, y ese no parece un pecado que no estén dispuestos a cometer quienes no tiemblan en asesinar o en amparar a los asesinos. Sin embargo, si finalmente el entorno de ETA no está presente en esa jornada electoral, entenderé que no ha habido concesiones al mundo etarra y que el Gobierno ha hecho las cosas como debía. Hasta entonces, permítanme el escepticismo y recordarles algunas cosas.
El PSOE peca de ingenuo si cree que ETA no va a aprovechar todas las ocasiones que le ofrezcan para superar la enorme brecha que la acción policial desde el fin de la última tregua ha causado en sus filas. Nunca antes la lucha contra el terrorismo había sido tan efectiva, y es lógico que el mundo de ETA y su entorno busquen una salida que les permita ganar tiempo, y no sería la primera vez que utilizan para ello el arte del engaño. Pero como los defensores del diálogo no tienen reparo en recordar que también el Gobierno del PP habló con ETA, es bueno recordar como se produjo aquel encuentro y en que marco político, para que no haya dudas ni malas interpretaciones.
Todos los gobiernos –también los de UCD y, sabido es, los del PSOE- han querido pulsar el estado de opinión en el mundo de ETA, pero hasta ahora ninguno había hecho concesiones a cambio de no se sabe qué. De Pedro Arriola, uno de los tres que se reunieron con ETA en Zurich en nombre del Gobierno Aznar –los otros dos fueron Javier Zarzalejos y Ricardo Martí Fluxa-, recuerdo la siguiente frase, dicha con absoluta firmeza: “Nosotros fuimos a escuchar lo que tenían que decir, no a ofrecerles nada”.
Tan es así que cinco meses después la policía detenía a Belén González Peñalba, una de las integrantes de la delegación etarra en esa reunión. No hubo ofertas, ni antes ni después, y sí una actitud que no puede calificarse de otra manera que no sea la de absoluta firmeza frente a la banda terrorista que había hecho de aquella tregua una forma de ganar tiempo para recomponer sus fuerzas y continuar con su particular campaña de sangre y muerte, como se puso de manifiesto en noviembre de 1999, casi 440 días después de haber declarado un supuesto fin de la lucha armada.
ETA declaró su tregua un 16 de septiembre de 1989, y al día siguiente Aznar afirmaba que “sobre ETA y solo sobre ETA pesa la carga de la prueba”. Esa misma tarde Mayor Oreja –ministro de Interior- iniciaba los contactos con las fuerzas políticas. El 21 de septiembre Aznar se reunía con Joaquín Almunia, primera de una ronda de contactos con todos los partidos. Dos días después, Piqué aseguraba que no había motivos para cambiar la estrategia de lucha contra el terrorismo. El 24 Aznar recibía a Pujol, el 28 a Garaicoechea y el 29 de ese mes a Xabier Arzalluz. Tras todas esas consultas, el 2 de octubre Aznar leyó una declaración oficial en la que decía observar un cambio en la situación que renovaba la apuesta de "reconciliación, generosidad y entendimiento" que hicieron los demócratas hacía veinte años.
El entonces presidente volvía a situar en el lado de ETA la carga de la prueba para que se dieran las condiciones de un proceso de paz en el ámbito de los artículos 9, 10 y 12 del Pacto de Ajuria Enea, con participación de los partidos firmantes del mismo, en el que el Gobierno incorporaría iniciativas nuevas en política penitenciaria y de reparación de las víctimas del terrorismo. A partir de ahí el Gobierno no cejó en la lucha contra el terrorismo –se producen importantes detenciones- hasta el encuentro de mayo en Zurich. A partir de ese momento se hace evidente la estrategia de ETA, se bloquea la situación y ETA anuncia el final de la tregua y la vuelta a los actos terroristas.
Lo que quiero destacar es que todo aquel proceso se hizo con luz y taquígrafos, y respeto a las reglas del juego. Es verdad que se habló con ETA, pero lo es también que no se hizo oferta alguna a la banda terrorista y que solo se acudió a escuchar lo que la banda tenía que decir. Prueba de que fue así es que lo que dijo la banda no fue nada positivo, porque enseguida volvieron a hablar las pistolas. La situación ahora es bien distinta. El oscurantismo con el que el PSOE trata este asunto, la renuencia a convocar el Pacto Antiterrorista, hacen sospechar motivaciones ocultas, estrategias que pueden tener más que ver con un éxito coyuntural –las elecciones vascas- que con el fin real de la violencia. Y eso es lo que preocupa, porque están en juego demasiadas cosas y muy importantes, y quién debe despejar las dudas hace justo lo contrario.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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