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Lunes, 21 de marzo de 2005

¡Uy, lo que me ha dicho...!

Me escribe Roberto, un lector, y dice lo siguiente, que transcribo tal cual: “Yo soy de eso que llamamos centro-reformista y que los del PSOE llaman la derecha. Hasta hace poco mi vida era muy tranquila y nadie se metía conmigo, pero el otro día llegué a mi mesa de trabajo y me encontré un mensaje pegado al ordenador que decía: ‘facha de mierda, hijo de puta’. Me asuste, para que le voy a engañar, pero lo que no entiendo es por qué nos tenemos que esconder, acobardarnos frente a los que nos insultan, y pedir perdón por cosas que no hemos hecho. Ellos nos dicen de todo y no pasa nada, pero si alguno de los que ellos llaman derecha les dice algo que no les gusta se arma la de sanquintín. Me gustaría que escribiera sobre esto, si no le importa, por lo menos para reconfortarnos a los que tenemos algo de miedo. Gracias”. Lo voy a hacer, Roberto, aunque le diré también que mientras se mantenga usted alejado de Álvaro Cuesta y sus amigos, no tiene porqué temer nada. Vivimos en un país libre y, por lo tanto, usted puede defender sus ideas con absoluta garantía de seguridad. Claro que, si le digo la verdad, a día de hoy ni yo mismo me lo creo.

Tiene usted razón, amigo mío, y cosas veredes que vendrán a sostenella... la razón, digo. Fíjese la que le han armado a ese senador ‘popular’ que responde al nombre de Ignacio Cosidó y que, en un calentón de estos propios del debate político actual en el Parlamento, le vino a decir al Alto Comisionado para Solo Una Parte de las Víctimas del Terrorismo, don Gregorio Peces Barba, que estaba más cerca de los verdugos que de las víctimas. Porque no existe el castigo parlamentario como en el colegio que, sino, lo expulsan. No se crea, que hasta en su propio partido se han echado las manos a la cabeza, que así son de melindrosos. Eso sí, gracias al señor Peces Barba ya sabemos que todos los que se encuentren fuera del arco ideológico que abarca desde Karl Marx hasta Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, son los “malos”. Claro que eso no es lo peor que nos tenemos que escuchar. El señor Cuesta, diputado del PSOE y portavoz en la Comisión Parlamentaria del 11-M, no ha tenido ningún reparo en afirmar que los del PP son amigos de los terroristas. Rubalcaba amenazó al PP con destapar la caja de los truenos si Cosidó no retiraba sus palabras, pero, por supuesto, las de Cuesta entran dentro de la lógica del debate político.

Lo de menos es que sea el propio Cuesta el que deba responder por sus amistades, como ese tal Huarte que ejercía la caridad con los terroristas islámicos del 11-M y, que curioso, tenía negocios vinculados al sector minero asturiano. Eso son menudencias, niñerías, cosas de la vida que es mejor pasar por alto. Paco, mi quiosquero, me preguntó ayer: “¿Azin que había uno del pezoe que lo zabía to?”. “No, hombre no, Paco –le dije-. No seas tan mal pensado. Si lo hubieran sabido habrían avisado, ¿no crees?”. Paco se quedó dudando bastante, que en su sencillez las cosas se ven con demasiada simpleza, y el no sabe de esto de la política y lo complicados que son los equilibrios entre unos y otros. Pero, en fin, atrévase usted a decirle al señor Cuesta que él si que es amigo de los amigos de los terroristas, lo cual no es ninguna mentira, porque lo más probable es que vengan a detenerle con nocturnidad y alevosía y exijan una reparación pública. Ahora, si ellos dicen que los del PP son unos “asesinos”, eso no deja de ser una mera exageración de la realidad que identifica a los que un tal Fernando Delgado calificaba como los herederos de los asesinos de Lorca.

No le faltaba razón a Aguirre –Esperanza- cuando afirmaba que si el hundimiento de El Carmelo se hubiera producido en Madrid, ella estaría en libertad bajo fianza. Y si Fraga hubiera impuesto cuando el Prestige el apagón informativo que ha impuesto Maragall, le hubieran condenado a perpetua. Pero hay cosas que si las hace la izquierda o pasan con la izquierda forman parte de lo políticamente correcto, y si pasan o las hace la derecha son motivo de condena pública, manifestación y pancarta callejera, y toda clase de improperios. Les contaré algo que no saben, pero que resulta muy ilustrativo. Cuando Esperanza Aguirre tomó posesión del cargo de ministra de Educación y Cultura –primera legislatura de Aznar- llamó a Adolfo Marsillach a su despacho para decirle que estaba encantada con su trabajo al frente del Centro Nacional de Arte Dramático y que, por ella, podía continuar. Marsillach se opuso a mantener su cargo bajo un Gobierno del PP y convocó una rueda de prensa para el día siguiente. Rueda de prensa en la que afirmó que le había echado. ¿No será que cree el ladrón que todos son de su condición?

Federico Quevedo

Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)

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