Viernes, 18 de marzo de 2005
Yo tenía catorce años cuando murió el dictador, y mi único recuerdo fue una maravillosa semana de vacaciones que me la pasé de excursión por el Pirineo aragonés. A mí, inocente escolar entonces, que quiten la estatua de Franco de la Plaza de San Juan de la Cruz en Madrid, me la trae al pairo. Es más, ayer pase por delante de donde había estado hasta la madrugada esa misma estatua y ni me fijé. Sólo unos minutos más tarde, pensando en las primeras líneas de este artículo, me dije a mí mismo, “si acabo de pasar por allí y ni me he enterado”. Supongo que la responsable es la indiferencia con que la mayoría de los españoles hemos hecho de la República, la Guerra y la Dictadura pasajes históricos y no motivos de enfrentamiento. Ahora bien, dicho esto, no conviene olvidar algunas cosas que pasaron, porque sólo no olvidándolas es como podemos evitar que vuelvan a repetirse. Y yo creía que en lo que llevamos de Transición, que ya es bastante, esto estaba más o menos asumido, pero va a ser que no a cuenta de un Gobierno empeñado en resucitar viejos fantasmas y en provocar enfrentamientos tardíos, retorciendo la Historia hasta ese punto estalinista de borrar a Trotsky de la foto.
Demasiados acontecimientos en pocos días que ponen de manifiesto, de una forma casi hasta violenta, el carácter sectario y revanchista del Gobierno que nos gobierna. Y, si les soy sincero, no lo entiendo. No sé qué beneficio encuentra Zapatero en amparar con su cínica sonrisa a quienes buscan el conflicto y la confrontación, aunque lo cierto es que él mismo ha entrado en esa dinámica después de lo dicho en el País Vasco a cuenta de los “separatistas” y los “separadores”. La forma en que se ha retirado la estatua del dictador, con nocturnidad, con engaños –el Ayuntamiento no lo sabía-, desnuda sin ambages el ánimo revanchista de la decisión. ¿Alguien cree que Gallardón hubiera denegado el permiso para hacerlo? ¿Cabía temer la presencia de algún puñado de nostálgicos, casi fósiles, en su último adiós al general? Entonces, ¿por qué no se hizo a las claras? De esta forma se le ha visto el plumero a un Gobierno que quiere volver a abrir viejas heridas que creímos cerradas, porque no era casualidad que sólo unas horas antes en el homenaje a Santiago Carrillo -un hombre cuyo pasado en la Guerra fue el que fue y pasado está, pero que sin embargo hizo una importantísima aportación a la concordia y la convivencia tras el franquismo-, nada menos que Peces Barba afirmara eso de que “aquí estamos los buenos y los menos buenos, pero por suerte no están los malos”, en referencia al PP. Y Zetapé escuchándolo con una sonrisa de satisfacción de oreja a oreja.
Es como si Zetapé y los suyos quisieran pasar factura por la derrota del 39 y, en fin, aquello está más cerca de cumplir un siglo que medio. Y en esa misma actitud de izquierda dolida y doliente sabe Dios porqué, se enmarca ese otro empeño casi enfermizo de hincar la rodilla ante el mayor dictador de los que en el mundo habitan en la actualidad: Fidel Castro. Siendo yo estudiante de Periodismo, el régimen cubano liberó a un poeta y preso político llamado Armando Valladares. Pude verle en Madrid, a los pocos días de su liberación, y comprobé in situ las huellas, dolorosas huellas, de las torturas en las cárceles de Castro en su cabeza y en su torso. En el haber del régimen de Castro hay miles de presos políticos en las cárceles, decenas de miles de torturados, cientos de miles de desaparecidos, y millones de desplazados. Valladares me enseñó entonces el altísimo precio que hay que pagar por la libertad. Pero ahora es como si nuestra izquierda se sintiera en deuda con la Revolución y necesitara colocarse la camiseta del Che Guevara debajo de la camisa y la corbata. Cuba tendrá siempre un lugar en el alma de los españoles, y por eso izquierdas y derechas han venido haciendo un ademán de mirar hacia otro lado ante los excesos del régimen castrista –lo hizo Franco, merece la pena recordarlo-, hasta que vino Aznar y le puso al dictador los puntos sobre las íes, eso sí, sin llegar nunca a la ruptura diplomática.
Es comprensible, por tanto, un cierto margen de entendimiento con La Habana, aunque solo sea por los lazos tan fuertes que nos unen con la isla. Pero de ahí a amparar al régimen dictatorial va un paso excesivo que lo único que logra es dar alas al tirano que, como todo sátrapa, necesita algún respaldo internacional para sostener la tiranía. El problema, por tanto, no radica en el mantenimiento de unas relaciones mínimas con la dictadura –se hace también con otras como China, Corea o algunos países árabes, todos presentes en la ONU-, sino en la coincidencia ideológica entre esta izquierda de aquí y la revolución de allí y lo que eso tiene de ruptura con lo que ha sido hasta ahora la política exterior de la Transición. En aquellos años de la liberación de Valladares, Alfonso Guerra –vicepresidente del Gobierno entonces- afirmaba que en Cuba no había libertad, que allí el idioma oficial era el ruso y que La Habana era un barrió de Moscú. Y no sería ni una ni dos veces, si no más, las que le escuchamos a González abogar por los derechos humanos en la isla. Eran otros tiempos y otra izquierda, que nos van a hacer añorar a Guerra y a González, que al menos tenían clara una idea de España y sentido de Estado. Pero ahora, después de ocho años de derechas, lo que llevamos es uno de revancha y sectarismo. Y con el consentimiento real, que tiene bemoles.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (1) | Referencias (0)
muy buen artículo pero mucho mas clarificador el que aparece hoy en la edicion fin de semana de el confidencial.com.
sigue así.
un saludo
daigual | 19-03-2005 12:55:18
La Trinchera pretende ser un espacio de libertad para todo el que comparta una visión humanista y liberal de nuestra sociedad, desde el respeto a todas las formas de pensamiento que no pretendan convencer a través de la imposición
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