Viernes, 11 de marzo de 2005
Aquel día amaneció lluvioso, como cualquier otro de los que recuerdo durante dieciocho años de vida en el País Vasco. Mi tío había venido a pasar un tiempo en casa. Cada atardecer acostumbraba a dar un paseo por las calles de Las Arenas, hasta el paseo de Zugazarte. Le gustaba caminar y dejarse invadir por el inconfundible olor a salitre, a mar... Paseaba pensativo y no percibió delante suyo una pareja de la Guardia Civil que seguía el mismo recorrido. Un movimiento a su derecha le llamó la atención. Dos encapuchados salieron de detrás de un muro pistola en mano. Se acercaron por la espalda y descerrajaron sendos tiros en las nucas de los agentes que cayeron inertes al suelo mientras un enorme charco de sangre invadía la calzada. Se quedó paralizado cuando en la huida a pié, uno de los terroristas le miró a los ojos y apuntándole con el dedo índice recreó hacia él lo que acababa de hacer sobre las cabezas de sus víctimas inocentes. Nunca más volvió. Nos tuvimos que ir nosotros para volver a verlo.
Supongo que hoy toca remover la memoria, darle vueltas a la conciencia colectiva, acudir a los recuerdos, desdoblar pañuelos y abrir la puerta de las lágrimas, rezar para quien rece, hacer examen de conciencia sobre lo que pasó y como nos comportamos todos y cada uno, honrar a los muertos y consolar a los vivos, morir un poco por cada una de aquellas victimas del odio y la sinrazón. Hoy es 11 de marzo de 2005. Y sin embargo la de hoy debería ser una fecha en la que cupiera la memoria de todas las víctimas del odio terrorista, no sólo las de los trenes de la muerte, y lo cierto es que sigue habiendo víctimas que lo son también del olvido, el olvido que “llega al corazón como a los ojos el sueño”, decía Alfred de Musset. Las campanas que hoy tañen en Madrid, a pesar de quienes las rechazan, deben avivar esos rescoldos.
Deberíamos acordarnos de aquella bomba que estallaba el 19 de junio de 1987 en el interior de un Hipercor de Barcelona. Fueron 21 muertos, la mayoría mujeres y niños inocentes. O de las cinco niñas asesinadas brutalmente en Zaragoza en diciembre de ese año, otro coche bomba que segó la vida de once personas en vísperas de la Navidad. O de los diez muertos de Vic en la primavera del 91, también mujeres y niños. O de Miguel Ángel Blanco, o de José Luis López de Lacalle, o de Fernando Buesa, o de Alberto Jiménez Becerril y su esposa, o de José María Martín Carpena, o de Juan María Jáuregui. O de los no tan conocidos José Ramón Morán, Jesús Pedrosa, Francisco Casanova, o los guardias civiles del comienzo de estas líneas... La lista de nombres que permanecen en el olvido, de rostros de niños inocentes que ni siquiera somos capaces de adivinar, es interminable, y la deuda con ellos, infinita.
Por eso, si hubo algo horrible en aquellos cuatro días de marzo fue la forma brutal y descarnada en que se manipularon las horas siguientes para descargar toda la rabia contenida, no sobre los autores de la matanza, no sobre la sinrazón de un terrorismo que no deja de tener la misma raíz de odio fundamentalista que el que venimos sufriendo durante treinta años, sino sobre un Gobierno que había hecho de la lucha contra esta lacra prácticamente su razón de ser. En esas horas se extendió, como denuncia Mikel Buesa, “la consideración de que existen unas víctimas que son fruto de los errores políticos de la derecha -las del terrorismo islámico- y otras que no tienen nada que ver con eso -las de ETA-“. Los terroristas lograban, a lo mejor sin quererlo, su segundo objetivo: dividir hasta el punto del enconamiento una sociedad predispuesta a la crispación. Y no lo hicieron solos, sino que contaron con la inestimable ayuda de aquellos que, hasta ese momento, habían mostrado una escasa sensibilidad hacia las víctimas y que, como sigue diciendo Buesa, se aglutinaron “con el Gobierno Zapatero y se erigieron en abanderados de la condena del terrorismo”.
A buenas horas, porque nunca doblaron campanas en Zaragoza, ni en Vic, ni en Barcelona. Ni hubo bosques de los ausentes para los olvidados. Ni comisiones de investigación. Pero si hay un país enfrentado. Zapatero armó su triunfo sobre la mentira de un Gobierno que mentía y hoy, un año más tarde, somos un país más dividido, un país que agacha la cabeza ante el terror fundamentalista. Somos un país que insulta la memoria de los casi mil muertos que hemos sacrificado por la libertad, y que algunos parecen dispuestos a entregar a cambio del puñado de monedas del Poder, sentándose a negociar con los terroristas y con los amigos de los terroristas, ofreciéndole al nacionalismo la tabla de salvación de un pacto que se lleve por delante todo aquello por lo que muchos dieron sus vidas.
Hoy, doce meses después, sabemos a ciencia cierta que no fue la Guerra de Iraq la que provocó la masacre, que hubiera servido igual cualquier otra excusa, aunque la propaganda oficial siga empeñada en convencernos de lo contrario, fomentando la división entre las propias víctimas. Hoy, un año más tarde, son muchos los interrogantes que siguen abiertos y el Gobierno no parece querer darles respuesta: no quiere que se sepa quien o quienes decidieron la matanza y si en sus carnés de identidad están escritos nombres y apellidos españoles; ni quien o quienes tuvieron la información y no hicieron nada por evitarlo, quizás porque eran conscientes de las consecuencias y aplicaron aquello del fin y los medios. Hoy tenemos un Gobierno que nos miente porque no quiere saber la verdad. Hoy, mil doscientos muertos después, hemos perdido nuestra memoria, y a punto estamos de perder la dignidad.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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