Jueves, 10 de marzo de 2005
“No hay mayor libertad civil que vivir libres de ataques terroristas” Tony Blair
Coincidiendo con el primer aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004, se han celebrado unas jornadas sobre terrorismo organizadas por el selecto Club de Madrid, una organización que preside el ex primer ministro brasileño Fernando Cardoso y que reúne a ex mandatarios de casi todo el mundo y de todas las tendencias, aunque en su mayor parte son políticos de origen socialdemócrata. Pudo haber tenido una mayor trascendencia, pero el hecho de que la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, no se hubiera negado a asistir a este encuentro, pese a las presiones ejercidas, incluso, desde el PP –su ‘amiga’ Ana Palacio hizo lo imposible por lograr su presencia-. Pero si bien Washington ha iniciado un periodo de deshielo de sus relaciones con Europa, ese deshielo no parece haber llegado a España. Más bien, al contrario, da la sensación de que las relaciones, más que frías, son heladoras. La presencia de Rice hubiera otorgado a la reunión la importancia que merecía, pero no ha sido posible. No por eso ha dejado de ser interesante escuchar algunas de las intervenciones y asistir a las ponencias y trabajos sobre un asunto que, dicho claramente, es el gran mal del siglo XXI, en la medida que occidente lo sufre como un envite a su modelo de vida y lo afronta como una guerra en la que no sabe muy bien como actuar al no tratarse de un conflicto bélico convencional. Sin embargo, si parece que existe una cierta unanimidad a la hora de establecer la democracia como la única manera de luchar contra el terrorismo.
Parece obvio, pero es un paso importante. Otra cosa bien distinta es que ya no se esté de acuerdo, por ejemplo, en los métodos para llegar a establecer la democracia allí donde parece más necesaria en el objetivo de erradicar el terrorismo. Los conservadores norteamericanos son partidarios de, incluso, utilizar la fuerza para lograrlo –es lo que se ha hecho en Iraq-, mientras que la opinión de los sectores más progresistas es bien distinta contraria a la imposición de la democracia por la fuerza. Pero la realidad es que solo desde un modelo de convivencia de mayor libertad es posible que sociedades marginadas, subdesarrolladas, con regímenes autoritarios den la espalda a la lacra del terrorismo. Y eso que otra de las ‘verdades’ que se puso de manifiesto en la cita de Madrid es que el terrorismo no tiene su origen en la pobreza. El terrorismo es ideológico y la ideología del terror surge no precisamente de la marginación, sino de las universidades y de estratos burgueses inconformistas. Un buen ejemplo de eso lo tenemos en España, donde los primeros pasos del terrorismo de ETA se dan en las juventudes del PNV en el exilio y las sacristías. Es decir, en ambientes burgueses e intelectuales. Sin embargo, es entre las capas más bajas de la sociedad donde los ideólogos de la violencia encuentran a quienes son capaces de ejercerla, bien por intereses monetarios o bien por motivos religiosos. En este último caso, la lucha contra el terrorismo se hace mucho más complicada porque es donde tiene su siembra el fundamentalismo.
Ha habido, sin embargo, un asunto de especial interés en la reunión cuando se ha tratado de hasta donde deben perder cuotas de libertad las sociedades occidentales con el fin de combatir el terrorismo. También en esto la posición mayoritaria es que no debe cederse ningún espacio de libertad en la medida que eso significaría un triunfo de los propios terroristas. La única forma de hacerse fuertes frente al terrorismo es, sin lugar a dudas, ser más libres. Sin embargo, la mayor libertad no está reñida, en absoluto con la protección, con el cumplimiento estricto de la Ley y con la utilización de todos los instrumentos que permite el Estado de Derecho para luchar contra el terrorismo. Y es aquí donde se planteó uno de los debates más tensos, del que me limito a dar cuenta, al preguntarse si es posible que en el objetivo de prevenir la muerte de inocentes les sean recortados sus derechos civiles a los sospechosos de terrorismo. Un debate muy difícil y de, sin embargo, fácil demagogia ya que en los dos casos –el sí o el no- un error podría ser dramático. Sin embargo, las sociedades libres se han construido también sobre la base de sus propios errores y parece lógico pensar que es preferible el cumplimiento escrupuloso de los derechos civiles y poner la confianza en que el propio Estado de Derecho sea efectivo en la lucha contra esta lacra del siglo XXI.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | INTERNACIONAL | Comentarios (0) | Referencias (0)
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