Miércoles, 23 de febrero de 2005
BUSH RECONDUCE UNA DIFÍCIL RELACIÓN CON EUROPA
Voy a vencer la tentación de la crítica ácida a lo que ya es evidentemente una Política Exterior de nefastas consecuencias para nuestro país, pero es obvio que España ha pasado a engrosar la lista de naciones que no cuentan absolutamente nada para la diplomacia norteamericana, y así ha quedado de manifiesto en el reciente viaje del presidente norteamericano a Europa, del que de todos es conocido a que nivel ha descendido el trato del dirigente del país más poderoso del mundo hacia el presidente de nuestro Gobierno. Puede ser que muchos ciudadanos opinen que es mejor eso que llevarnos bien con Washington, e incluso apuesten claramente por lo que hace tres décadas existió como el llamado no-alineamiento. Es una visión muy corta de la realidad, y el cambio de actitud de países como Francia y Alemania debería hacer reflexionar en serio a quienes defienden que España debe aparecer como un país radicalmente contrario a la política norteamericana. Entre otras cosas porque, aunque no guste, existen multitud de intereses comunes, la llamada ‘agenda’, que nos obliga a mantener un cierto contacto con aquella Administración y, de hecho, esa ‘agenda’ es el único motivo por el que la actual secretaria de Estado, Condoleezza Rice, va a recibir a Moratinos en la capital estadounidense dentro de unos meses. Lo que cabe destaca es que mientras Europa, incluso los países que abiertamente desafiaron a estados Unidos en la Guerra de Iraq –Francia y Alemania-, reorientan su política exterior, España parece perdida, sin rumbo fijo, con la brújula puesta en lo que ya he llamado alguna vez el Cuarteto de Ipanema –Castro, Chávez, Kirchner y Zapatero- como única orientación de nuestra Política Exterior.
Pues bien, en esa circunstancia Bush ha venido a Europa con el objetivo de reconducir la difícil relación de su país con la UE, especialmente con París y Berlín. Horas de encuentro con Chirac y Schröeder le van a permitir que Washington recupere, en cierta forma, el asentimiento de los aliados a su política. Pero no es Washington, no es Bush, el que tiene necesidad de reconducir las cosas. Son los propios aliados europeos los que una vez que el presidente norteamericano obtuvo de las urnas un segundo mandato hicieron los gestos convenientes para iniciar un deshielo que condujera a una reorientación de las relaciones diplomáticas. La Guerra de Iraq puso de manifiesto que Estados Unidos es capaz de actuar en el mundo sin la necesidad de contar con sus socios europeos. Un mal precedente. Europa, y eso lo saben Chirac y Schröeder, no puede mantener al margen de los grandes asuntos mundiales y, hoy por hoy, la capacidad europea para mantener una postura diametralmente opuesta a la de Estados Unidos está muy mermada por la propia capacidad militar de la Unión, muy inferior a la de los norteamericanos. El recuerdo de que en los momentos difíciles Europa siempre ha tenido que recurrir al poderío militar del otro lado del Atlántico –dos Guerras Mundiales y el más reciente conflicto de Kosovo están ahí como demostración de lo evidente- ha hecho mella en el ánimo de los líderes europeos, conscientes de que no es una Europa como contrapeso a los Estados Unidos lo que se está construyendo a este lado del Atlántico, sino una Europa colaboracionista en los objetivos de extensión de la libertad y la democracia a todo el mundo, aunque discrepemos en los medios.
Bush ha sido muy claro sobre cuales son sus objetivos en política exterior. El afirma que los gobiernos dictatoriales generan corrupción y violan los derechos humanos, creando las condiciones apropiadas para que se desarrollen movimientos radicales que hacen uso del terrorismo para lograr sus objetivos políticos. Sólo fomentando la transformación de estos regímenes en democracias liberales se podrán combatir eficazmente estas nuevas amenazas y lograr un mundo más seguro. Nuestra Europa ha dejado de ser el escenario central de ese gran teatro de operaciones, como sí lo fue durante la Guerra Fría, y los aliados europeos empiezan a ser conscientes de los grandes cambios que se avecinan. Esa es la visión que impera, por ejemplo, entre los nuevos países del Este que se han incorporado a la UE. Madrid, sin embargo, más bien su nuevo Gobierno, participa del deseo obsoleto de la derrota norteamericana como símbolo del fracaso de la democracia liberal, un deseo compartido por los nuevos aliados de nuestra diplomacia –Cuba, Venezuela y Argentina-. ¿Y Francia y Alemania? París y Berlín son plenamente conscientes de que Europa ha pasado a ocupar un papel secundario, de ahí que intenten buscar la mejor relación posible con Estados Unidos y participar de su estrategia en la gestión de crisis como la iraní o Corea del Norte. Especial trascendencia van a tener los cambios que se originen en Alemania. Desde Adenauer, Alemania siempre había hecho compatible su proyecto europeísta con la defensa del atlantismo, como bien reconocía Helmut Kohl recientemente en Madrid. Un equilibrio que rompió Schröeder pero que, sin embargo, se vislumbra como posible en un futuro inmediato si la CDU vuelve al poder en las próximas legislativas. En España, mientras tanto, seguimos escribiendo páginas de una anécdota como la de que Bush saludara a Zapatero en castellano con un “hola, ¿qué tal, amigo?”.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | INTERNACIONAL | Comentarios (1) | Referencias (0)
Agregada al canal 'Política'
http://www.bitacoras.com/canales/politica/
Un saludo
José Luis | 23-02-2005 14:00:56
La Trinchera pretende ser un espacio de libertad para todo el que comparta una visión humanista y liberal de nuestra sociedad, desde el respeto a todas las formas de pensamiento que no pretendan convencer a través de la imposición
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com