Lunes, 07 de febrero de 2005
EL PP YA TIENE LÍDER Y NADIE DEBERÍA PONERLE CHINAS EN EL ZAPATO SI QUIERE VOLVER A GOBERNAR. ¿SE HABRÁ ENTERADO ‘ESPE’?
Decía Ortega que “odiar a alguien es sentir irritación por su simple existencia”. He vivido casi veinte años de la mía en el País Vasco. Puedo decir que en mi recuerdo perdurarán imborrables la imagen de sus tierras fértiles, la lealtad de sus gentes, la belleza de sus costas y la envolvente sensación de estar viviendo pasado, presente y futuro al mismo tiempo. El peso de las piedras milenarias complementando una de las mayores apuestas sociales por la modernidad. Y, sin embargo, también pude sentir el odio, ese odio que era irritación por la simple existencia de quienes discrepaban de la verdad nacionalista. Pues bien, el pasado martes volví a tener la sensación de que alguien nos miraba y sus ojos reflejaban odio, irritación por la simple existencia de quienes se oponían a su verdad. Ibarretxe no subió a la tribuna para convencer, sino para imponer.
Y sentí también inquietud. Al término de las intervenciones del lehendakari, de Zetapé y de Rajoy, me encontré en las escalinatas de acceso al edificio anexo al del Hemiciclo con una diputada del PP y ex ministra, una persona que siempre ha tenido una imagen amable y moderada. “Estoy inquieta”, me dijo, “siento que lo que tanto nos ha costado levantar empieza a derribarse como un castillo de naipes”. La razón de su desasosiego no era otra que el discurso vacío de principios y plagado de contradicciones de Zetapé. Otra ex ministra, sin embargo, no pudo ocultar su gozo por el discurso que había pronunciado el líder del PP, Mariano Rajoy, y afirmaba sin pudor “me siento orgullosa de él”.
Un testimonio quizás exagerado, pero que, por otra parte, resumía un sentir bastante generalizado esa tarde en el Congreso de los Diputados. Si de la amenaza de Ibarretxe y el odio que desprendían sus palabras, y si del contenido incierto de la intervención de Zetapé, cabían desprenderse motivos serios de preocupación, al menos el discurso de Rajoy conectó con el sentir mayoritario de una ciudadanía que dudo que quiera ver despedazarse su país, por mucho talante que haya que tener con los nacionalistas, si es que hay que tenerlo, que lo dudo. El caso es que Rajoy, hasta ese martes 1 de febrero todavía sometido a la lupa de propios y extraños, pasó por arte de la oportunidad política de ‘aspirante a ser’ a convertirse en ‘firme candidato’, para burla de unos cuantos que todavía confiaban en que no iba a dar la talla.
Ya la había dado antes, en mi modesta opinión, aunque las circunstancias de un partido inesperadamente en la oposición y el exceso de dependencia de la herencia recibida le tenían así como algo maniatado y obligado a manejar las circunstancias con elevadas dosis de prudencia que, a veces, asemejaban síntomas de mal diagnosticada debilidad. Lo que ocurre es que Rajoy es como es, incapaz de levantar la voz más allá de unos decibelios razonables que no suenen a estruendo en los oídos. Pero con ese tono a veces un tanto aburrido y esa imagen algo adusta de registrador de la propiedad, Rajoy es capaz de encadenar un discurso de hombre de Estado, y dejar claro que a la desconfianza que genera un Zetapé venido a menos –si es que alguna vez se fue a más- le puede oponer la firmeza de sus convicciones, que son las convicciones de todos los que se sienten parte de un proyecto común de nación.
Pues, teniendo como tiene el PP un líder que cuando empieza a desprenderse de las limitaciones que le imponían la herencia, algunos de los herederos y el redactor del testamento, se muestra próximo a las preocupaciones de la calle y es capaz de ofrecer un discurso moderado, de sentido común, contundente y de principios, flaco favor le harán algunos de sus correligionarios si se empeñan en continuar cierta labor de zapa a la espera de que unos supuestos malos resultados electorales en comicios venideros se lleven por delante la esperanza que una mayoría de la militancia de su partido y de los votantes del centro-derecha a puesto desde el martes en él. Si no son ciertos los rumores, por ejemplo, que apuntan a que la presidenta de la Comunidad de Madrid participa de maniobras dirigidas a desestabilizar a Rajoy para ser ella la sucesora del sucesor, doña Esperanza debería estar pronta a desmentirlos. Y si lo son, a darse de baja en el intento, por el bien de todos.
Los próximos meses -referéndum de la Constitución, elecciones vascas y reformas de estatutos mediantes- van a ser de indudable intensidad y trascendencia. Tengo mis dudas de que la estrategia de Zetapé que el pasado martes actuó en clave electoralista en lugar de hacerlo en clave de presidente de todos los españoles, le vaya a ser rentable. Ya lo veremos. Nos jugamos mucho en el envite, que no ha terminado, del nacionalismo. Podemos ponerlo todo patas arriba, o continuar con el modelo de convivencia que nos dimos en el 78, intentando mejorarlo que no es malo, y avanzar en la buena dirección. Tener un líder de la oposición que garantiza la estabilidad institucional y genera confianza en el ciudadano es básico para lo segundo. Jugar a la desestabilización es hacerles un favor inestimable a quienes han planteado el reto a la España que conocemos. Zetapé incluido en estos últimos.
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | POLITICA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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