Miércoles, 02 de febrero de 2005
¡Caracoles... con el cine español!
Tienen toda la razón los productores españoles cuando afirman que el único país del mundo en el que se hacen películas sin ayudas públicas es Estados Unidos. Por eso el cine norteamericano nos ha robado nada menos que tres millones de espectadores el año pasado. Entiéndanme. No digo yo que no deba haber una cierta colaboración del Estado en el favorecimiento de la cultura, en su popularización, en acercar las grandes obras de la literatura, del arte, de la arquitectura, incluso del cine, al pueblo. El problema de la subvención es que quien la recibe, cuando se acostumbra, no puede vivir sin ella, y hace lo que sea por conseguirla. Yo tenía un amigo que era un maestro en conseguir bajas médicas porque decía que ese era el estado natural del ser humano: de baja por depresión y todo el día dedicado a la lectura o a la música. Eso es contribución a la cultura y lo demás son gaitas.
¿No se han preguntado ustedes nunca porque la música no se subvenciona? Me refiero, obviamente, a la música llamada ligera, porque la clásica si que recibe fondos estatales. Pues gracias a que esa música no se subvenciona, se somete estrictamente a las leyes de la oferta y la demanda, es decir, al mercado. Así, el público quinceañero y no tanto compra entusiasmado ‘No es lo mismo’ de Alejandro Sanz, pero rechaza bodrios como un grupo que llegue a conocer yo en mis tiempos de rockero empedernido que se llamaba ‘La coz y el gatillo’. Intentaron grabar un LP –entonces lo del CD no se llevaba- y les dieron con la puerta en las narices en todas las casas de discos, incluidas las más undergraund de la época, que no eran pocas (la movida, ya saben).
Si a los de ‘La coz y el gatillo’ les hubieran dado una subvención, ahora nos seguirían martirizando con lo que ellos llamaban música y que no era más que una insufrible sucesión de ruidos y lamentos. Vivirían del chollo de la subvención, que es como vivir de la caridad pública pero sin ponerse un cartelito al cuello. Y, hombre, yo como contribuyente no me sentiría muy satisfecho sabiendo que una parte de mis impuestos, por ínfima que sea, iba a parar a los bolsillos de cuatro mentecatos que a fuerza de aporrear guitarras destrozaban tímpanos. Pues algo parecido, se lo digo en serio, me ocurre con esto del cine. Uno va a ver ‘Al otro lado de la cama’ y sale del cine diciendo: “¡Me lo he pasado que te...!”, y se pregunta si realmente una película bien hecha y sin demasiadas pretensiones, con actores que no son –o eran- la cremé de la cremé necesita una subvención –si es que la tuvo, que no lo se- o es capaz de sobrevivir por sí misma, que probablemente sea así.
Los espectadores de cine, igual que los de televisión, son consumidores que premian o castigan en función de la calidad de lo que se les ofrece. Una película no es buena por el hecho de que la protagonista sea Pilar Bardem y lleve en la solapa un cartelito de ‘No a la Guerra’ o ponga a parir a Aznar. Es más, probablemente algunos de nuestros actores están tan ocupados en demostrar que son de izquierdas aunque vivan como ellos dicen que viven los de derechas que se han olvidado de los primeros pasos que dieron sobre las tablas. A Antonio Resines le sacas de su papel de Diego en ‘Los Serrano’ y como que siempre ves en él a Antonio Resines, o sea, a Diego el de ‘Los Serrano’ pese a que el papel sea de tipo duro o polí corrupto.
El problema de algunos de nuestros ‘grandes’ en el cine es que se han acostumbrado a hacer cualquier cosa, porque como saben que siempre se verán agraciados con el gordo de la subvención, pues que más da. Almodóvar nos ofreció en 2004 un ejemplo de cómo reírse del sufrido contribuyente aunque, esta vez, sin salir airoso del intento. Y es que, a veces, perder el respeto absolutamente por todo tiene sus costes, y ‘La mala educación’ es un claro ejemplo de lo que podríamos llamar “mira chaval, con esta te has ‘pasao’”. A fuer de ser sincero, les reconoceré que, de partida, yo estoy radicalmente en contra de la subvención, de cualquier tipo de subvención. Es una cuestión de principios, pero puedo comprender que, en algunos casos, sean necesarias determinadas ayudas públicas.
Pero creo, fíjense, que la cultura de la subvención solo sirve para banalizar la Cultura con mayúsculas –y otro tema de discusión sería el de qué cine es cultura y cual no, que también tiene lo suyo, pero lo omito porque no me dejan más espacio-. Y eso que, como en todo, existe un término medio. Puedo comprender que una película como ‘Juana la Loca’ reciba ciertas ayudas, porque es cierto que en España estamos lejos de lograr los niveles de flujo de capitales que mueve la industria norteamericana de cine, sobre todo en lo que a comercialización y márketing se refiere. Y hay películas que merecen ser vistas y que se las comercialice adecuadamente. Puedo comprender también que a los jóvenes valores se le impulse en sus primeros pasos. Seguro que Amenábar no sería lo que es hoy sin alguna ayuda, y nos habríamos perdido ‘Abre los ojos’ o ‘Los otros’ -de ‘Mar adentro’ no digo nada porque no la he visto-.
El problema de la subvención es que siempre depende de un dedo que la concede. Y, claro, que en España los cines proyecten cosas de tan mal gusto como ‘Torrente, el brazo tonto de la ley’, ‘Isi-Disi’, ‘Operación Triunfo: La película’ o ‘Karate a muerte en Torremolinos’ tiene que tener un precio, y se paga a costa de espectadores. Tampoco es que estos sean masocas y cambien ‘Lisístrata’ por las ‘Dos rubias de pelo en pecho’ que nos ofrece el cine ‘made in USA’, sino que se van a las superproducciones como ‘Troya’ o ‘Alejandro Magno’ que, siendo malas, al menos entretienen. La verdad, desde que le dieron todos los Oscar a ‘Titanic’ el año en que Nicholson nos maravilló a todos con aquel ‘Mejor Imposible’, del cine norteamericano me lo creo todo, pero tiene a su favor una industria multimillonaria.
Y, como todo lo que vale en esta vida, esa industria no la han conseguido a base de hacerse los pedigüeños en la cola de las subvenciones que conceda el Presupuesto que cada año elabora la Casa Blanca, que alguna concederá, digo yo. Esa industria la han conseguido gracias a hacer buen cine, gracias a películas como ‘Historias de Filadelfia’ o ‘Lo que el viento se llevó’, gracias a directores como Hitchkock o Kubric... Gracias, en fin, a unas leyes inviolables que dicen que el público solo ve aquello que le gusta y que, por tanto, su democrática opinión mayoritaria considera ‘bueno’, aunque no se lo parezca a algunos ‘eruditos’ que mejor estarían criando malvas. Y conste que no me he querido meter con nadie.
Federico Quevedo
Por: FEDERICO QUEVEDO LOPEZ-VARELA | CULTURA | Comentarios (0) | Referencias (0)
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